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“Yo tampoco te condeno”

Jesús y las piedras que matan hoy. Comienza este relato con la presencia de Jesús en el monte, orando. Luego, de madrugada, llega al templo donde toda la gente iba a oírlo y él les enseñaba. La armonía del relato se interrumpe con la llegada de los letrados y fariseos  trayendo a una mujer sorprendida en adulterio. Ellos le dicen “Maestro” y dicen bien, pero su objetivo no es aprender sino desautorizar a Jesús, poniéndolo en un dilema: aplicar la Torah (ley) sobre esta mujer o perdonarla trasgrediendo la ley. El maestro no sólo se niega a seguir este juego inhumano sino que, contra toda lógica legal, reafirma el camino de la misericordia. Pero no una misericordia abstracta, llena de sentimentalismo, sino una misericordia que actúa de acuerdo a la realidad de cada persona, que salva historias y regenera vidas.

La ley de Moisés dice: “Si uno comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos adúlteros serán castigados con la muerte” (Lv. 20,10). Lapidar a la mujer, significa también lapidar a los que han pecado con ella. Entonces, la afirmación de los letrados respeta la ley, pero al mismo tiempo desenmascara la hipocresía. A la pregunta ¿Quién está libre de pecado? el acusador se convierte en acusado. Aun así, el camino no es el apedrearse unos a otros con las piedras del odio, del prejuicio o del corazón obstruido. Las piedras que están en el templo no son para matar, sino para construir Reino. La palabra salvadora de Jesús no es para juzgar, sino para dar vida “y vida en abundancia” (Juan 10,10). Esta es la verdadera ley de la misericordia que no ve la letra o la piedra, sino los ojos y corazones arrepentidos.

Lo que le importa al maestro es la persona, el que ha pecado, el que está siendo acusado. Por eso pone a la mujer al centro, como a aquel niño cuando busca mostrar el Reino de Dios (Mt 18,3). Y allí la deja, “en el centro”, donde realmente debe estar cada hijo e hija amada. Desde allí se puede mirar todos los rincones oscuros del templo, de la ciudad y de la gente, y también apreciar con toda claridad la misericordia de Dios. La pedagogía del maestro es la paciencia, por eso llama particularmente la atención sus acciones: se sentó a enseñar, se inclinó y alzó dos veces, y se pone a escribir. ¿Qué escribe Jesús: los nombres de los que acusan, la nueva ley de la misericordia, una oración de acción de gracias? De igual manera, Jesús se pone de pie para dirigir su Palabra, para mirar a los ojos, de tú a tú, y reubicar a aquella en su verdadera dignidad: de pecadora a mujer. Los que lo llamaban maestro “se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos”. Es decir, los que más saben, los de más experiencias, los “ancianos” (τῶν πρεσβυτέρων), los que en el mundo judío gozan del mayor respeto social, religioso y político. Se van alejando porque ellos mismos han creado las distancias.

De pie y mirándola Jesús le dice: “Mujer ¿Dónde están? ¿Nadie te ha condenado?”. Podemos decir que se hace eco de esa pregunta profunda de Dios en el Génesis (4,9): “¿Dónde está tu hermano?”. Ahora es una pregunta que consuela y que espera una repuesta de liberación. Un diálogo que cada uno quiere escuchar en lo más hondo del corazón: “Yo tampoco te condeno. Vete y desde ahora no peques más” (v. 11). Una vida ha resucitado porque ha escuchado las palabras del verdadero amor, aquel que no se compra o se acaba, aquel que salva, que valora el bien de mañana más que el mal de ayer. El cielo se alegra, porque la vida de una mujer se ha salvado. Lamentablemente, en los últimos días, la vida de mujeres en otros contextos y realidades, han sido cruelmente apagadas. Jesús no sólo denuncia la dureza del corazón, sino la sinrazón de la violencia. Frente a las lágrimas de arrepentimiento, nunca más lágrimas de muerte.

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