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«Si sigues adelante, hazte cargo de las consecuencias»

Cuando apareció un problema en el embarazo, la ginecóloga le dijo a Vanesa: «Si sigues adelante, tienes que hacerte cargo de las consecuencias». Gracias al empeño de sus padres, Daniel sobrevivió al derecho al aborto, vigente en España desde hace cinco años. También sobrevivieron Pedro Javier y Breidy. No lo tuvieron fácil

A partir de la semana 15 de embarazo, Vanesa empezó a tener pequeñas hemorragias. En la semana 21, acudió a su hospital, en una ciudad castellano-leonesa. «Me dijeron que había muy poco líquido amniótico y que no creían que el embarazo fuera viable. Me recomendaron la interrupción, ya que me quedaba una semana para poder hacerlo» dentro del supuesto de anomalías del feto, cuenta. Vanesa y su marido, Javier, no querían abortar y empezaron a preguntar a otros médicos.

En una segunda consulta en la unidad de alto riesgo de su hospital, atendida por la misma doctora, les contaron que parecía que el feto era más pequeño de lo normal. Lo atribuían a que posiblemente tuviera algún problema genético. Y añadieron que, «con tan poco líquido amniótico, no se le iban a desarrollar los pulmones y se iba a morir dentro de mí, o al poco de nacer». Además, «la doctora me trató con malas maneras, creo que por no fiarnos de su diagnóstico».

Como ya se había pasado el límite para abortar por anomalías del feto, «me ofrecieron convocar un comité» para acogerse al supuesto de anomalías incompatibles con la vida, legal hasta el final del embarazo. «Les pedimos que nos derivaran a Madrid o a Barcelona para una segunda opinión, y se negaron, porque decían que tenían el diagnóstico muy claro. Yo quería tener al niño, pero la doctora me decía: Yo te informo de lo que hay. Si sigues adelante, tienes que hacerte cargo de las consecuencias. Fue el peor día de nuestras vidas, ya que la única opción que nos daban era acabar con la vida de un bebé de 24 semanas. Desesperados, ese mismo día fuimos a Madrid».
Viajar hasta Madrid, para nacer

Habían buscado un ginecólogo que, en su consulta privada, les diera una segunda opinión. Él «nos dio un diagnostico muy diferente: que hubiera tan poco liquido posiblemente se debía a una fisura en la bolsa. Y había una cantidad que podía hacer viable el desarrollo del niño, aunque era un embarazo de alto riesgo».

Volvieron a casa, y en la semana 26, Vanesa comenzó con dolores muy fuertes. Terminó en el mismo hospital que las otras veces, pero pidieron el alta voluntaria. Javier metió a Vanesa en el coche y se fueron directamente al Hospital de La Paz, de Madrid. «Como desde nuestro hospital no nos derivaron, tuvimos que gestionar una tarjeta sanitaria temporal en Madrid, y alquilar un piso». El 17 de marzo, en la semana 32 de gestación y después de 55 días ingresada, nació Daniel: un niño de 32 semanas con 1,9 kilos y perfectamente sano. Tras otros 55 días en Neonatología por ser prematuro, le dieron el alta. Finalmente, la pesadilla de sus padres se ha convertido en «un maravilloso milagro», gracias a su perseverancia «y al doctor José Luis Bartha, con todo el equipo de Obstetricia y Neonatología de La Paz, al cual siempre estaremos enormemente agradecidos». Ahora, comparten su historia para intentar salvar la vida a otros niños que estén en la misma situación.
Ante cualquier problema, aborto

Daniel es uno de tantos niños que, gracias a que sus padres se empeñaron en superar todo tipo de obstáculos, se ha librado de estar entre los más de cien mil abortados cada año. Pero su historia también muestra lo que ha supuesto para la sociedad la normalización del aborto y su reconocimiento como derecho en la ley de 2010, de cuya entrada en vigor se cumplen cinco años sin que el gobierno de Rajoy la haya reformado. Ante cualquier dificultad en un embarazo, a la mujer se le propone el aborto; muchas veces como única salida, e incluso bajo presión. Si no ejerce su derecho, es su problema.

Un escollo que con frecuencia se encuentran las embarazadas en dificultad son los servicios sociales. Muchas acuden a ellos buscando ayudas para seguir adelante, y en ocasiones sólo reciben un papel para abortar. Carmen, trabajadora social de RedMadre, explica que «los organismos públicos no tienen todos los recursos que deberían para apoyar a la mujer de forma completa y eficaz. Sus presupuestos van muy justos», y tampoco tienen tiempo para hacer un buen acompañamiento. «Otras veces, no saben que nosotros» y otras entidades privadas «existimos, y que damos una cobertura muy completa, durante el embarazo, el parto y la lactancia. Casi siempre que les ofrecemos nuestros recursos, nos abren las puertas. De hecho, entre un 30 % y un 40 % de las mujeres que atendemos en Las Rozas (Madrid) nos las derivan ellos». Sin embargo, reconoce, «de vez en cuando tropezamos con un problema de mentalidad», al encontrarse asistentes sociales que favorecen el aborto.
«Que me lo quitaran si querían, pero iba a nacer»

Vicky tenía todas las papeletas para que los asistentes sociales que la siguen la orientaran al aborto. A los 22 años, esperaba a su tercer hijo. El primero lo había tenido mientras vivía en un centro de menores y, tanto este hijo como el segundo, están en familias de acogida porque la Comunidad de Madrid consideró que no estaba preparada para cuidar de ellos. Pocos meses después del segundo parto, se quedó embarazada de nuevo. «Querían que abortase. Yo les dije que lo iba a tener, que me lo quitasen si querían pero que iba a nacer», cuenta.

Un conocido la puso en contacto con el Centro de Orientación Familiar (COF) de Getafe, de donde la derivaron al Hogar de Vida que la Fundación Golfín, de esta diócesis madrileña, tiene en Boadilla del Monte. A las pocas semanas, nació Pedro Javier. Ya tiene un mes y medio, y «es el niño que mejor se está criando de los que han pasado por la casa», asegura Laura Almela, su directora. Hace unas semanas, el obispo de Getafe, monseñor Joaquín María López de Andújar, lo bautizó.
Resolver el problema desde la raíz

Nada de esto habría ocurrido si Vicky hubiera seguido la recomendación de los servicios sociales. Allí, le proponían abortar como solución rápida «en lugar de ir a la raíz del problema, que es por qué esta chica se queda embarazada voluntariamente a los 16 años», y luego otras dos veces. «Ella misma decía que, si se lo quitaban, iba a tener otro». Vicky reconoce que, con esos embarazos, busca un vínculo materno que no pudo tener de niña. Cuando llegó al COF, «nosotras le dijimos: Vamos a ayudarte, y a ver si realmente quieres tener este bebé. Si una vez nazca no te ves capacitada o no quieres, habrá que darlo también en acogida. Y también hemos empezado a trabajar con ella», entre el Hogar y la psicóloga del COF, «para que vea que no se puede ir teniendo niños así como así, ni entregarse a quien sea».

«Hasta ahora, lo está haciendo fenomenal –continúa Almela–. Es cuestión de enseñarle y estar muy pendiente de ella al principio, para irle aconsejando». También se han puesto en contacto con los servicios sociales de Boadilla, que «están sensibilizados y ayudan bastante. En principio, no van a poner ninguna pega. Si ella tiene un informe favorable, quizá pueda quedarse con su hijo». Vicky lo tiene claro: «Quisiera tener algo estable para hacerme cargo del bebé. Todavía hay cosas que no sé, y necesito que me ayuden a decidir por qué camino quiero ir y cómo hacerlo. Pero creo que, si me echan una mano, puedo. He echado en falta ese apoyo, y aquí lo tengo. Durante mi vida he pasado por muchos sitios, pero aquí estoy mejor».
«Mi novio se desentendió»

En ocasiones, el principal obstáculo para una madre son las personas más cercanas a ella: padres, novios… Bien porque la animan o presionan para abortar; bien porque, si decide seguir adelante, desaparecen. Es el caso de Alba: «Yo pensaba que era estéril y había anhelado mucho tener un bebé. Pero me quedé embarazada en unas circunstancias muy difíciles, porque el anciano al que cuidaba había muerto hacía poco y yo me había quedado sin trabajo. Mi madre estaba en Santo Domingo, enferma de cáncer, y dependía del dinero que yo enviaba». La gota que colmó el vaso fue la actitud de su novio: «En cuanto le comenté que estaba embarazada, no quiso saber nada. Se desentendió del todo. Entonces, se te pasa de todo por la cabeza»; también abortar. «Ahora, cuando le veo la carita a mi niño, me arrepiento».

Afortunadamente para su hijo y para ella, en medio de su desesperación acudió a su parroquia. «Un sacerdote me dio el teléfono de Adevida. Las chicas de allí me ayudaron bastante. Sobre todo emocionalmente, porque cuando uno se siente derrotado no encuentra el camino. Yo estaba sola en el mundo, y me dieron el calor de una familia. Esther, una voluntaria, está muy pendiente de mí, viene a casa y hablamos mucho». Además, durante el embarazo y después de nacer Breidy, «me han dado dinero, me han traído ropa, leche, pañales… Hasta me los subían ellas para que no cargara peso».

Fuente Alfa y Omega
María Martínez López

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