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¡Que nadie nos engañe¡

Hoy es un día interesante para recapacitar lo que está ocurriendo en España. Cuando vemos en la TV que las noticias más interesantes, en todas las cadenas, son las basuras de Malaga y las nevadas en el norte, mal muy mal. Eso quiere decir que la mayoría de la audiencia esta anestesiada por los medios de comunicación. Eso no es bueno porque precisamente, en este mismo momento, España está inmersa en un proceso político muy delicado. Los españoles se han dejado deslumbrar por nuevos partidos políticos que han acaparado interesante número de votos del centro derecha y de la izquierda; dejando a los dos partidos tradicionales en manos de sus líderes, sin capacidad de reacción. Todos los líderes de los cuatro partidos que cuentan, han demostrado claramente que sus intenciones no son coherentes con la realidad. Sus ansias de poder están tan por encima de la realidad del país que todo hace suponer que España es lo que menos les interesa. Esta penosa actitud es fruto de una importante pérdida de identidad que nos hace presagiar un futuro incierto.

Los partidos tradicionales (PP, PSOE) no han querido darse cuenta, en estos últimos años, que algo estaban haciendo mal y que una sociedad anestesiada por los estrepitosos episodios de corrupción, han propiciado el nacimiento de otros partidos cuya principal tarjeta de presentación es, estar impolutos de cualquier sospecha corrupta. La sociedad anestesiada se ha cansado de tanto fraude, ha tomado la nefasta decisión de apoyar en las urnas a dos partidos (Ciudadanos y Podemos) que no han aportado nada y, tampoco lo harán, estén donde estén. Yo no soy quien para dar una solución a esta situación. Lo que si tengo muy claro es que no podemos dejar engañarnos por aquellos que solo saben decir y prometer: un cambio progresista. Como si esto fuera la aspirina que curara al moribundo.

Decía San Juan Pablo II, <nos encontramos con una Europa, yo digo con una España, en la que se hace cada vez más fuerte la tentación del ateísmo y del escepticismo; en la que arraiga una penosa incertidumbre moral, con la disgregación de la familia y la degeneración de las costumbres; en el que domina un peligroso conflicto de ideas y movimientos>

Es difícil decir algo interesante después de una reflexión de S.Juan Pablo II; pero me gustaría invitar a los políticos que activasen su corazón, que no lo endurecieran y que lo conectasen con el cerebro. Con este equilibrio (cerebro, corazón) podríamos ganar todos los ciudadanos, recuperando nuestras costumbres y nuestros valores y dejar de seducirnos por palabras vacías de tan siquiera un mínimo contenido de ética y de moral.

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