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Que la convivialidad familiar crezca en el tiempo de gracia del Jubileo

En su catequesis de la audiencia general del segundo miércoles de noviembre, celebrada en la Plaza de San Pedro ante la presencia de varios miles de fieles y peregrinos de numerosos países, el Papa Francisco continuó sus reflexiones sobre la familia, deteniéndose en esta ocasión en la convivialidad, es decir en la virtud que se nos enseña desde pequeños en la vida familiar para aprender a compartir con alegría los bienes de la vida.

Hablando en italiano el Obispo de Roma recordó ante todo que se trata de una “virtud preciosa”, cuyo símbolo o icono es, precisamente, la familia reunida en torno a la mesa doméstica, donde compartir la comida y los afectos, representa una experiencia fundamental, como lo vemos durante una fiesta de cumpleaños o de algún aniversario e, incluso, en algunas culturas, durante un luto, para estar cerca de quien padece el dolor de la pérdida de un familiar.

El Santo Padre afirmó que la convivialidad es un termómetro seguro para medir la salud de las relaciones, puesto que si en una familia hay algo que no funciona, alrededor de la mesa se comprende inmediatamente. Y añadió que cuando sus miembros casi nunca se reúnen para comer juntos, o lo hacen sin hablar, sino mirando la televisión, o el smartphone, tienen muy poco de familia.

Tras destacar la vocación especial del cristianismo a la convivialidad, Francisco afirmó que al participar en la Eucaristía la familia se purifica de la tentación de encerrarse en sí misma, se fortifica en el amor y en la fidelidad y ensancha los confines de su fraternidad según el corazón de Cristo.

El Pontífice también destacó que en nuestro tiempo, marcado por tanta cerrazón, la convivialidad dilatada por la Eucaristía se convierte en una oportunidad crucial que se traduce en la hospitalidad, siendo escuela de inclusión humana.

El Santo Padre se refirió a la situación que se vive en los países ricos en que sus habitantes son inducidos a gastar, primero, por una nutrición excesiva y después para remediar el exceso en lo que no dudó en definir un “negocio insensato que distrae nuestra atención de la verdadera hambre del cuerpo y del alma”. Y definió “una vergüenza” ciertas publicidades mientras demasiados hermanos y hermanas permanecen fuera de la mesa.

Después de invitar a mirar el misterio del Convite eucarístico en que el Señor parte su Cuerpo y derrama su Sangre por todos, el Papa concluyó su catequesis deseando que la familia cristiana muestre la amplitud de su verdadero horizonte, que es el horizonte de la Iglesia Madre de todos los hombres, de todos los abandonados y excluidos en todos los pueblos. “Recemos – dijo Francisco –  para que esta convivialidad familiar crezca y madure en el tiempo de gracia del próximo Jubileo de la Misericordia”.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

 

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