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¿Pueden hacer los laicos la homilía?

En nuestra parroquia, cuando en algunas ocasiones vienen huéspedes importantes (misioneros, monjas u otras personalidades) el párroco les confía la homilía, aunque sean laicos o religiosos no ordenados. ¿Es posible eso?

Hay que entender qué es la homilía. Esta es el anuncio del Evangelio realizado con la autoridad de Cristo. El ministro sagrado, de hecho, actúa in persona Christi Capitis (en la persona de Cristo-Cabeza) y de esta forma ejerce el munus docendi (el oficio de enseñar) según el grado propio del Orden recibido.

Un acto semejante exige por tanto que quien hace la homilía esté revestido de la autoridad magisterial del mismo Señor y tenga la capacidad ontológica, es decir, que esté impresa en su propio ser. Esta se recibe mediante el sacramento del Orden sagrado, que imprime un carácter indeleble en las facultades espirituales del ordenado, en grados e intensidades diversas: pleno en el Obispo, subordinado en el Presbítero, inicial en el Diácono.

Por eso la homilía puede ser tal sólo si la hacen el obispo, el presbítero y el diácono. Estos tienen el mandato y esa gracia especial necesarios para hablar al pueblo de Dios en el nombre y con la misma autoridad del Señor. Ahora bien, es verdad que la homilía dicha por el ministro sagrado, aunque sea hecha por quien tiene la capacidad ontológica, no siempre es fructífera espiritualmente.

Que sea fructífera o no dependerá de la preparación doctrinal, de la santidad, de la comunión jerárquica en la Iglesia y de otras capacidades del ministro, y no le dispensa de la continua purificación y profundización en la Palabra de Dios, junto con la adquisición de mejores modos del lenguaje y de la comunicación.

Se comprende entonces por qué un laico o un religioso no ordenado no pueden en modo alguno hacer la homilía. Pueden ofrecer quizás una esplendida reflexión o dar un testimonio creíble de vida, pero se trata de un acto privado y no tiene la naturaleza teológica de la homilía como proclamación de la Palabra con la autoridad del Señor y realización, aquí y ahora, de su magisterio.

A veces sucede que, tras proclamar el Evangelio, la Iglesia suspende la liturgia y concede a privados que intervengan en ella. Pero así la homilía se omite y se sustituye con una reflexión privada, que puede ser muy noble, preparada y espiritualmente incisiva. [En pocas palabras, su intervención, si el párroco lo dispone así, es correcta, pero no es una homilía, n.d.e].

Se entiende, sin embargo, que entre el anuncio autoritativo del Evangelio y un comentario privado hay un nivel distinto de cualidad sobrenatural y de compromiso magisterial. La misión del sacerdote es ofrecer la seguridad de un anuncio con autoridad que les ayude a discernir entre las múltiples y a veces contrapuestas interpretaciones de los hechos de la fe, que hoy en particular corren el riesgo de acabar con las convicciones de la fe de los sencillos.

Ciertamente es un don de Dios que religiosos y laicos estén cada vez mejor formados, incluso con títulos académicos, en las diversas ciencias teológicas, y estén preparados tanto para actuar en las instituciones como para ser profesores de teología. Pero su servicio debe saber cuáles son sus límites, cuál es el sentido del Magisterio, el respeto a quien lo ejerce, y, en la liturgia, cuál es su lugar, para que no haya confusiones entre el estar preparado teológicamente y el munus docendi de los ministros ordenados.
sources: Liturgia «Culmen et Fons»

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