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¿Puede un Papa dimitir?

¿Pero puede un Papa «dimitir»?

Por la actualidad que muy a mi pesar y con gran pena y sorpresa por mi parte ha adquirido tras el anuncio que acaba de realizar el Santo Pontífice esta misma mañana, traigo de nuevo a estas líneas el artículo que escribí el día 28 de septiembre de 2011, que empezaba así:

«O mejor dicho, abdicar o renunciar, que son las palabras que, probablemente, sean las más adecuadas al caso.

Después de que el tema de la abdicación papal diera lugar a regueros de tinta durante los últimos días del pontificado de Juan Pablo II, en un curioso proceso en el que vimos opinar a favor de la abdicación papal a las personas que con mayor petulancia se habían jactado siempre de “pasar olímpicamente” de las cosas de la Iglesia, ha venido a suscitarse similar polémica merced a unos rumores a los que da pábulo el diario Libero que titula “El Papa, tentado a dimitir”. Lo que por nuestra parte nos conduce a la cuestión con la que titulamos este artículo: ¿pero puede el Papa dimitir?

Lo primero que se ha de decir es que el Santo Padre puede, efectivamente, abdicar o renunciar al trono de Pedro. Así lo aclara expresamente el artículo 332 §2 del Código de Derecho Canónico:

“Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie”.

Lo que tiene dos importantes consecuencias: primero, que efectivamente puede el Sumo Pontífice renunciar. Pero segundo, y no menos importante, que de la renuncia del Papa no corresponde entender a nadie sino a él, sobre la base de que no existe en la tierra autoridad superior a la del Santo Padre.

Fuente: Religión en Libertad

Tal solución se la debemos al Papa Bonifacio VIII (1294-1303), quien en el Liber Sextus, 1 emite el siguiente decreto:

“Depende del Romano Pontífice, renunciar al papado con honor, especialmente cuando se reconoce el mismo incapaz de regir la Iglesia Católica Universal y considerando la carga que esto supone para el Sumo Pontífice. El Papa Celestino V, nuestro predecesor, deseando acabar con toda indecisión acerca del asunto de la renuncia, y habiendo deliberado con sus hermanos de comunidad, los Cardenales de la Iglesia Romana, quiénes son uno, y con el visto bueno y asentimiento de todos nosotros y por la autoridad Apostólica establecida, se ha decretado de que el Romano Pontífice puede libremente renunciar. Por consiguiente, para que esta promulgación con el transcurso del tiempo, no quede en el olvido y para que cualquier duda pueda revivir la discusión, ha sido puesta entre otras constituciones, bajo perpetua memoria según el consejo de nuestros hermanos” (op. cit. 1, 7, 1)(1).

La emisión del decreto no es, en modo alguno, casual, pues pretende dar solución a la renuncia papal considerable como la más importante en la historia del pontificado: la de Celestino V (1294), -predecesor, a la sazón, de Bonifacio VIII-, un ermitaño que había vivido cinco años en una cueva en el monte Morrone, el cual, elegido Papa, se sintió incapaz de soportar el peso de la tiara papal, y tras cuatro meses de pontificado renunció con la intención de volver al monte, aunque fue encerrado en la fortaleza de Fumone en la que murió. Todo lo cual no debió de ser tan mal interpretado por sus sucesores cuando muy poco después, en 1313, fue canonizado. Precisamente una oración a los pies de su tumba en Aquila, dio pábulo, en su día, a los rumores sobre una posible renuncia del Papa Pablo VI (1963-1978), quien sin embargo, como es bien conocido, no abdicó, siendo Papa hasta el último día de su vida.

No es Celestino V, sin embargo, el último Papa que haya abandonado por propia decisión, antes de morir, el trono de Pedro. Aunque en circunstancias muy diferentes, posteriormente a él aún lo hará Gregorio XII (1406-1415), éste sí, el último Pontífice en ejercitar dicha prerrogativa, el cual abdicó, al parecer voluntariamente, en pleno Cisma de occidente, situación en la que la Iglesia llegó a contar hasta con tres papas a la vez. La abdicación, ocurrida el 4 de julio de 1415, posibilitaba la reunificación del papado, que tendría lugar dos años después en la persona de Martín V (1417-1431).

Antes que ellos, determinar si el final del Papa es por verdadera renuncia o más bien por deposición, si se trató efectivamente de Papa o de antipapa (hay pontífices en la historia de la Iglesia que son Papas en un determinado período y antipapas en otro), es, generalmente, complicado. Se suelen citar como papados en los que su titular realizó algo parecido a una abdicación (más o menos inducida) los de Juan XII (955-964), León VIII (963-965), o Benedicto V (964-966), todos ellos pertenecientes a la época más oscura de la historia del papado. Oscura en el doble sentido de la palabra, tanto por lo corrupto de su conducta, como por la falta de fuentes existentes.

Caso no menos especial es el ocurrido entre los años 1032 y 1048 en los que se alternaron en el papado Benedicto IX, que ocupó el solio pontificio en hasta tres ocasiones (1032-1044; 1045-1045; 1047-1048), y Silvestre III (1045) y Gregorio VI (1045-1046), los que lo ocuparon en las vacancias del anterior.

En momentos más pretéritos de la historia de la Iglesia, pudieron también haber realizado actos rayanos en la renuncia, como siempre más o menos “inducida”, los papas San Ponciano (230-235), San Silverio (536-537) y San Martín I (649-655). Y probablemente, algún papa más que nos estemos dejando en el tintero».