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Pablo VI y Juan Pablo II, mártires de la familia.

Poniendo en movimiento cierta agitación mediática, como si con ocasión de la III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos se hubiesen de revisar y cambiar los fundamentos antropológicos, morales y teológicos en que se apoya la institución de la familia, algunos agentes han dado su personal interpretación al resultado de encuestas realizadas entre católicos de Alemania, Suiza, Francia y Japón, publicados por las respectivas conferencias episcopales. Se extrapola presentándolos como un revisionismo generalizado y, todavía más, sin fundamento teológico serio que lo avale, alguno ha querido elevar este catastro -en el cual, como sabemos, no podrían faltar objeciones- a la categoría de “sensus fidelium”… Verdaderamente, más que discutir esa torcida hermenéutica, sólo cabe asombrarse de tanta audacia.

A inmensa distancia de lo anterior, el Instrumentum laboris (IL) dado a conocer en el Vaticano en junio pasado -“Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización”-, preparado con base en una consulta a todas las conferencias episcopales del mundo y destinado a orientar las labores de los obispos y expertos que participarán el próximo mes de octubre en el Sínodo, plantea otro horizonte. En efecto, reconociendo que “muchos cristianos manifiestan dificultades”, se constata allí que, por de pronto, “la enseñanza de la Iglesia sobre la dignidad y el respeto por la vida humana es… amplia y fácilmente aceptada, al menos en principio”. Particularmente importante es el párrafo con que se abre el N° 13 de este IL:
“Un buen número de Conferencias Episcopales observa que, si se transmite en profundidad la enseñanza de la Iglesia con su genuina belleza, humana y cristiana, ésta es aceptada con entusiasmo por gran parte de los fieles. Cuando se logra mostrar una visión global del matrimonio y la familia según la fe cristiana, se percibe su verdad, bondad y belleza. La enseñanza es mayormente aceptada donde los fieles hacen un auténtico camino de fe, y no sienten sólo una curiosidad improvisada sobre lo que piensa la Iglesia acerca de la moral sexual”.

Signos providenciales que acompañarán al Sínodo de los Obispos serán, por una parte, la compañía espiritual de San Juan Pablo II, canonizado el pasado 27 de abril y proclamado por el Papa Francisco protector de esta asamblea, auténtico mártir (testigo) de la familia cristiana. Por otra, la beatificación del Siervo de Dios Papa Pablo VI, que presidirá el actual pontífice el domingo 19 de octubre, al clausurar la primera etapa de este Sínodo.

La vinculación martirial del Papa Montini con la familia, en cuanto verdadero icono de la doctrina que defiende su esencial apertura a la vida, será sin duda un referente religioso y moral muy importante para los padres sinodales. En la página 625 de esta edición de Humanitas, se reproduce su profética defensa, durante la inauguración de la Conferencia de Medellín, en agosto de 1968, de la encíclica “Humanae vitae”, proclamada por él un mes antes. Pablo VI se dirigía a los cristianos y hombres de buena voluntad de este continente de la esperanza, en el cual se quería hacer especialmente explícita la llamada “opción preferencial por los pobres”. Desde los países más desarrollados económicamente se orquestaba, al mismo tiempo, una campaña que crucificó la imagen del pontífice por esta defensa de la apertura a la vida que valientemente, con verdadera parresía, acometió. Cuando hoy se escucha la voz de algún teólogo latinoamericano reivindicando, como si fuese genuino magisterio, el distanciamiento de la enseñanza de la Iglesia que expresan algunos católicos de países ricos, entre los más secularizados, como los que se mencionaran en el primer párrafo, no pueden dejar de venir a la memoria aseveraciones que, por contundentes, no dejan de ser muy justas y pertinentes al caso. Así por ejemplo la del entonces presidente del Instituto Juan Pablo II para estudios sobre matrimonio y familia, monseñor Carlo Caffarra -hoy cardenal arzobispo de Bolonia-, quien en una entrevista al decano de la prensa chilena aseveró, con relación al grupo de noventa teólogos alemanes que en 1990 encabezaron una arremetida contra la encíclica del Papa Montini, lo siguiente: “Esto constituye una bendición clerical a la sociedad consumista y permisiva occidental. Son los sacerdotes de la corte de este imperio de corrupción”.

El horizonte próximo, más allá de las posibles y eventuales tormentas mediáticas, debe enfocarse de muy otra manera que la que representan las voces de la contestación. Es, por ejemplo, lo que apreciamos en las palabras de la conclusión del IL (n.159): “El amor de Dios resplandece de modo peculiar en la familia de Nazaret, punto de referencia seguro y consuelo para toda familia. En ella brilla el amor verdadero, al que deben mirar todas nuestras realidades familiares, para obtener luz, fuerza y consolación. A la Santa Familia de Nazaret queremos encomendar la III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, con las palabras del Papa Francisco: Santa Familia de Nazaret, que el próximo Sínodo de los Obispos haga tomar conciencia a todos del carácter sagrado e inviolable de la familia, de su belleza en el proyecto de Dios”.

Sobre la Humanae vitae

Reflexiones del Cardenal Angelo Scola, Arzobispo de Milán, y del profesor Livio Melina, Presidente del Instituto Juan Pablo II para estudios de Matrimonio y Familia al cumplirse 50 años de la encíclica Humanae vitae de Pablo VI. En el lapso transcurrido desde la publicación de la Humanae Vitae, las historias dolorosas de la vida de la Iglesia y las dinámicas culturales de la sociedad han mostrado que la encíclica de Pablo VI tocaba un punto neurálgico, no sólo para la ética conyugal, sino para la misma concepción del hombre. Neurálgico y decisivo, hoy como ayer: no es exagerado afirmar que la cuestión del significado de la sexualidad y de la transmisión de la vida humana constituye el punto de separación de diversas antropologías, que chocan entre sí y combaten en el escenario donde se decide el futuro de la humanidad. La respuesta proféticamente ofrecida al sucesor de Pedro, en aquel fatídico 1968, contraria respecto a tantas presiones de la opinión pública, sea interna como externa a la comunidad eclesial, pero profundamente coherente con la tradición de la Iglesia, ha hecho explotar sucesivamente una serie de problemáticas diversas y cada vez más radicales, sobre las que el magisterio no ha dejado de pronunciarse. *** Sobre el plano eclesiológico, la enseñanza de Humanae Vitae ha reivindicado la autoridad magisterial de una interpretación auténtica de la ley moral, confiada por Jesucristo a Pedro y a los Apóstoles, sea en lo referido a la ley evangélica, sea en lo referido a la ley natural (VS 4). Las críticas en torno a la coherencia entre las conclusiones de la Comisión de estudio instituida por Juan XXIII en marzo de 1963 y el pronun- ciamiento pontificio no han cesado de aparecer. A veces se opone a una enseñanza magisterial, que se quisiera sólo ordinaria del Papa y, por tanto, no infalible, la falta de conformidad con el sensus fidelium y con la opinión predominante de los teólogos. Incluso se llega a negar la posibilidad de un magisterio doctrinal auténtico en el ámbito de las normas determinadas de ley moral natural1. La gran firmeza y constancia de la enseñanza pontificia en estos años, la unanimidad sustan- cial del colegio episcopal, manifestada en las de- claraciones de la Conferencia Episcopales y en el Sínodo de 1980, y sobre todo la coherencia con la gran tradición moral de la Iglesia a lo largo de los siglos, elimina cualquier duda fundada sobre el hecho que la doctrina de la Humanae Vitae pertenece a la enseñanza ordinaria universal de la Iglesia2. *** La profecía del misterio nupcial ayuda además a superar la tentación, hoy bastante difundida, de la dicotomía entre la dimensión personal y la dimensión social de la acción. Este dualismo nace del rechazo moderno de la concepción aris- totélica (retomado por santo Tomás al inicio de la Secunda Pars de la Suma Teológica), según la cual la acción del hombre, en cuanto agente racional, debe ser considerada partiendo de la vida comprendida como un todo y, por tanto, ordenada según los fines y los bienes que la caracterizan esencialmente. Esta impostación permite entender la conducta humana como práctica de una vida buena, hecha de compor- tamientos personales y sociales, con relevancia privada y pública, y sin artificiosas separaciones entre individuo y comunidad. Y la misma re- flexión socio-política (filosofía moral) puede ser pacíficamente entendida como filosofía práctica de tal conducta3. Hoy, por el contrario, nos encontramos ante una imagen de la ética pública contrapuesta a la, así llamada, ética privada, fiel reflejo de la división existente entre libertad personal y libertad civil y jurídica. Una ética pública cada vez más formal y basada sólo sobre las normas, de la que se excluye, como observa justamente MacIntyre4 , la dimensión de la virtud, abando- nada al puro arbitrio de un individuo pensado como separado de la sociedad. Se produce así una dialéctica irremediable entre la esfera del interés subjetivo y el campo de las exigencias morales objetivas, creando una artificiosa oposición entre deseo y misión, entre querer y deber. En el ámbito de la familia, por ejemplo, constatamos este dualismo en la oposición del deseo de paternidad y de maternidad, por un lado, y del hijo como sujeto personal capaz de autonomía socio-jurídica, por otro. El hijo ya no es considerado como fruto gratuito del amor de los cónyuges, sino como un objeto sometido a la voluntad soberana de los padres (cf Evange- lium vitae 42). 1 CF. C. CAFFARRA, LA COMPETENZA DEL MAGISTERIO NELL’INSEGNAMENTO DI NORMI MORALI DETERMINATE, EN «ANTHROPOTES» 4 (1988) 7-23; L. MELINA, THE ROLE OF THE ORDINARY MAGISTERIUM: ON FRANCIS SULLIVAN’S CREATIVE FIDELITY, EN «THE TOMIST» 61 (1997) 605-615. 2 VÉASE:OCÁRIZ,LANOTATEOLOGICADELL’INSEGNAMENTODELL’HUMANAE VITAE SULLA CONTRACCEZIONE, EN «ANTHROPOTES» 4 (1988) 25-43. 3 CF. G. ABBÀ, QUALE IMPOSTAZIONE PER LA FILOSOFÍA MORALE?, OP. CIT., 33-203. 4 CF. A. MACINTYRE, DOPO LA VIRTÙ, OP. CIT.

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