Go to Top

Libertad religiosa en Birmania: los obispos buscan apoyos.

En el Washington Post el salesiano Charles Bo denuncia una ley dictatorial y el peligro del extremistmo budista
Para alcanzar plenamente su potencial, Myanmar necesita la plena libertad religiosa. Si no, su futuro está en el aire. Es un llamamiento convencido y apasionado el que ha lanzado el arzobispo de la capitál Yangon, el salesiano Charles Maung Bo, desde las páginas del Washington Post. En el prestigioso diario norteamericano, Bo explica a la comunidad internacional un problema que podría minar irremediablemente el camino de reformas iniciadas en la ex Birmania. El nudo central es el de la libertad religiosa –principio que la Iglesia cree está a la base de todos los demás derechos– puesta en discución tras un diseño de ley que limita fuertemente la posibilidad de convertirse de una religión a otra, trazando un camino a seguir que para un ciudadano significaría un verdadero calvario.

 

El país del sureste asiático, después de cincuenta años de dictadura militar, está gradualmente abriéndose a la democracia y al reconocimiento de los derechos individuales y colectivos. Durante los últimos tres años el gobierno del presidente Thein Sein, ex general que ha colgado el uniforme, ha llevado a cabo pasos significativos. Muchos prisioneros políticos han sido liberados, la sociedad civil y los medios de comunicación han ganado espacio en el área pública, la líder democrática Aung San Suu Kyi, después de años en arresto domiciliario, se siente en el Parlamento y, si se cambiará la Constitución, podría concurrir a las próximas elecciones presidenciales. La nación, en el pasado aislada, ha renovado los lazos con potencias occidentales como Gran Bretaña, Estados Unidos o la Unión Europea. También los cristianos birmanos (unos 3,8 millones, el 8% de la población de los 50 millones de habitantes) se han visto beneficiados de esta apertura.

 

Pero la transformación está todavía “en fase embrional” y el “rayo de sol puede ser tapado por nubes de tormenta”, dice el arzobispo con su proverbial vena poética. El alba podría ser ficticia. No se puede olvidar de un día para otro “la crucifixión que el país ha vivido durante cinco décadas”. “Una cruz de injusticia que lleva cinco clavos: dictadura, guerra, evacuaciones, pobreza y opresión”. Hoy, explica Bo a los lectores americanos mandando un mensaje a los líderes de Birmania y a los gobiernos occidentales, existen “cinco nuevos clavos: apropiación de tierras, corrupción, injusticia económica, conflictos étnicos y odio religoso”.

 

El último, el más peligroso, es el que Bo identifica como “el extremismo nacional budista” que está persiguiendo a las minorías religiosas. En los últimos dos años a pagar las consecuencias han sido las comunidades musulmanas en el país. “Han sufrido una violencia horrible, fomentada por discursos de odio predicado por budistas radicales”. Con centenares de muertos, miles de desplazados, casas y negocios robados y quemados, sobre todo en el estado de Rakhine (en el centro del país) donde los musulmanes de etnia rohingya, que viven allí desde hace generaciones, han sido echados y convertidos en apátridas. “Una catástrofe humanitaria que continúa”, denuncia el obispo de Yangon. Sin olvidar las minorías religiosas cristianas de etnia kachin, víctimas de una auténtica limpieza étnica y violencia atroz, abusos y violaciones por parte del ejército birmano.

 

En un cuadro ya complicado, el nuevo elemento que pone potencialmente en crisis el camino de renovación del país: el diseño de ley, presentado por el gobierno, sobre “la tutela de la raza y la religión”. La normativa, que limitaría los matrimonios interreligiosos y las conversiones de una creencia a otra, es un atentado contra la libertad religiosa, dintel de cualquier otra libertad. El proyecto de ley prevé un verdadero “proceso” para obtener el “permiso oficial” de convertirse. Los funcionarios del gobierno tienen el poder de decidir, después de los oportunos interrogatorios, si un solicitante ha ejercitado o no el libre albedrio para cambiar de creencia. Quienes piden la convesión “con el intento de destruir otra religión” pueden ser castigados con hasta dos años de cárcel. Esto, en perspectiva, significa posibles arrestos arbitrarios para quien decida convertirse del budismo Theravada –la creencia mayoritaria en Myanmar– a una religión minoritaria. También persuadir un individuo con una presunta “presión indebida” significa un año de prisión. Por este motivo, un forum de más de 80 organizaciones de la sociedad civil de todo el mundo ha pedido ya de manera oficial al gobierno birmano que archive la propuesta de ley, apoyada sin embargo por grupos radicales budistas como el “Movimiento 969”, abiertamente violento e intolerante.

 

El texto oficialmente difundido será ahora votado en un referendum popular: los ciudadanos birmanos podrán expresarse hasta el 20 de junio, antes de la discución y del sí del Parlamento. La Iglesia católica se ha unido a la campaña, interna e internacional, para invalidar una ley dictatorial.
La Iglesia se une al mensaje de paz y armonía, corazón de la filosfía budista: los valores budistas de “metta” (amabilidad cariñosa) y “karuna” (compasión), van a la par con el musulmán “salam” (paz) y con la cristiana “caris” (amor al prójimo). Estos, auspicia Bo, deben ser los pilares de la nueva Birmania

Paolo Affatato
Roma