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Las debilidades culinarias de los tres últimos pontífices.

Al pequeño David Geisser le fascinaba que su padre le llevara a Roma y le dejara estar entre sus compañeros de la Guardia Suiza Pontificia. Ese vistoso uniforme y su misión, proteger al Papa, le cautivaron. Su progenitor estuvo en la plaza de San Pedro el día que Ali Agca atentó contra Juan Pablo II en 1981. El pontífice polaco necesitó tiempo para recuperarse y durante ese periodo de convalecencia adoraba que las monjas polacas le cocinaran los ‘pierogi’, un plato típico de su tierra hecho a base de pasta rellena, como los ravioli.

Décadas después David Geisser ingresó en la Guardia Suiza y pudo tener trato con Benedicto XVI y Francisco, los papas que sucedieron a Juan Pablo II. Su afición por la cocina le permitió indagar y averiguar sus platos predilectos, que han dado contenido a un libro titulado ‘Buon appetito, Guardia Svizzera’ (Buen provecho, Guardia Suiza), en el que desvela las debilidades culinarias de los tres últimos pontífices.

«El Papa Francisco es una persona que disfruta comiendo, siente devoción por la comida, sobre todo por la argentina, aunque no solo consume cosas de su tierra, sino que su dieta es variada e incluye también platos italianos», explica el autor, que recoge en su libro una cita de Séneca que parece dar sentido a su obra: «Mejor está el hombre si el paladar está contento».

El joven David Geisser, 24 años, cumple todos los requisitos que exige la Guardia Suiza: es suizo y católico, está soltero, mide más de 1,74, tiene entre 19 y 30 años, un título profesional o un grado de secundaria y ha hecho la instrucción en las Fuerzas Armadas de su país con certificado de buena conducta.

Geisser metió las narices en las secretarías de los papas y consiguió que le contaran sus menús favoritos: un primer plato, un segundo y un postre. Así es como averiguó esos pecadillos ante los que cede Francisco, su pasión por las empanadas argentinas, la colita de cuadril (una pieza sin hueso de la parte baja del cuarto trasero de la vaca) y, de postre, dulce de leche, una especie de crema que sus compatriotas usan de forma abundante en la repostería.

A su antecesor, Joseph Ratzinger, le gustaba la comida bávara y solía frecuentar ‘La cantina tirolesa’, un restaurante ubicado muy cerca del Vaticano donde realizaba un viaje virtual a sus ancestros a través del paladar. Allí, pese a que ya ha dejado de acudir porque vive recluido en el monasterio Mater Ecclesiae, entre los muros de la Santa Sede, le siguen reservando la mesa número 6, donde solía sentarse entre el cuchillo y el tenedor.

A Benedicto XVI le gusta abrir su menú ideal con una «wurstsalawut’, una ensalada con rodajas de salchichas  y aros de cebolla cruda. Su plato fuerte sería el lechón asado y la comida la remataría con el postre que es su perdición, los pasteles de cereza nevados por azúcar en polvo.

El alabardero suizo también se alargó hasta los gustos de Karolj Wojtyla, quien, fiel a lo que casi se ha revelado como una tradición papal, también tenía querencia por la cocina patria. Como primer plato que no faltaran los ‘pierogi’, unas pequeñas empanadillas de pasta, similares a los ravioli, que pueden estar preñadas de queso, puré de patatas, col, cebolla, carne picada y huevo duro.

A Juan Pablo II le encantaba de segundo la carne de ave con pimientos y col lombarda. Y cedía a la tentación del dulce cuando le presentaban en la mesa un pastel de manzana con canela y azúcar espolvoreado por encima. Aquel papa que marcó la pauta de la iglesia católica entre 1978 y 2005 siempre estuvo rodeado por unas monjas polacas con buena mano para la cocina.

Platos de santos

El libro gastronómico de David Geisser, uno de los 110 miembros de la GuardiaSuiza del Santo Padre, no se ciñe exclusivamente a los gustos papales, sino que también se ingenia platos inspirados en santos o lugares religiosos. Más terrenales son los placeres culinarios del Secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, que no se puede resistir a unos ‘gnocchi’ (los ñoquis, en español, son unas bolas de patata que se cocinan en salsa), o del prefecto de la Casa Pontificia, monseñor George Gainswein, el secretario de Benedicto XVI, a quien le pierde una ‘saltimbocca alla romana’ (un filete de ternera cubierto con una loncha de jamón y salvia).

Este chico espigado y rubio espera que su libro sea traducido «a muchos idiomas» para que todo el mundo pueda cocinar y pecar con los placeres papales. Las únicas flaquezas que se permiten

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