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La Colina de las Cruces que desafió a la tiranía del ateísmo obligatorio

Lituania es uno de los muchos países que permanecieron durante cinco décadas bajo la bota de hierro de la Unión Soviética. Y un lugar concreto del norte de Lituania sufrió con especial intensidad la fuerza de los puños de la ideología soviética, marcada por el absolutismo antirreligioso.

Se trata de una simple colina, situada en los alrededores de la ciudad de Siauliai. Durante el siglo XIX, aún bajo el Imperio Ruso, la población lituana se levantó contra el zar porque impedía que las familias de la región prestaran tributo a sus seres queridos ya fallecidos. El pueblo entonces plantó cruces en la colina en memoria de sus muertos.

En la década de 1960, la KGB decretó el fin de esta práctica. En abril de 1961, el número de cruces en la colina ya era muy grande: además de la memoria de los familiares fallecidos, los lituanos honraban, a través de ellas, a sus conciudadanos deportados a Siberia por orden de Stalin. Los soviéticos quemaron las cruces de madera y destruyeron las de metal y las de piedra. No quedó una sola cruz intacta.

Al día siguiente, sin embargo, la colina estaba nuevamente llena de cruces: de noche, los cristianos las reponían. La Unión Soviética destruyó el lugar varias veces, pero los católicos de Lituania no renunciaban a demostrar su fe ni siquiera en presencia del Ejército Rojo.

El gobierno bloqueó los accesos a la colina y llegó incluso a lanzar falsas alertas de epidemias en la región. Los lituanos no se rindieron: cada vez que las cruces eran destruidas o retiradas, volvían a colocarlas.

En 1979, un sacerdote valiente convocó una procesión desde su parroquia hasta la colina. La KGB no pudo hacer nada para impedirlo, porque se dio cuenta de que sería peor. Cuando la Unión Soviética finalmente cayó, la Colina de las Cruces ya tenía más de 100 mil crucifijos e iconos sagrados.

En los años 90, se erigió allí un santuario que pasó a atraer peregrinos del mundo entero. Uno de ellos fue nada menos que el Papa Juan Pablo II, que en 1993, declaró:

«Después de esta visita, parecía más clara para todos nosotros la verdad expresada por el Concilio Vaticano II: el hombre no puede comprenderse profundamente a sí mismo sin Cristo y sin su cruz. La Colina de las Cruces es un testigo elocuente de esto y también una advertencia. La elocuencia de ese santuario es universal: es una palabra escrita en la historia de la Europa del siglo XX».

La Colina de las Cruces, que resistió a los poderes tiránicos de este mundo, aún está en pie.

* Com informaciones del site Christo Nihil Praeponere, del p. Paulo Ricardo.

sources: Aleteia
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