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JUAN PABLO II Y LA CAÍDA DEL MURO DE BERLIN

 

Juan Pablo II y la caída del muro. Y 3. Liberación mesiánica

Permalink 30.05.14 @ 07:22:10. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

( La crucifixión blanca.1938. Óleo sobre lienzo de Chagall en el Art Institute of Chicago; con sus ricos e intrigantes detalles parece era una denuncia del régimen de Stalin. 115×140 ) (*)

Con motivo de la canonización de Juan Pablo II el pasado día 4, he recordado, como les contaba la semana pasada, mi compromiso de profundizar en la decisiva influencia del gran papa polaco en la caída del telón de acero, que asumí en el artículo que dediqué a su beatificación, en el 2011. “El drama del pontificado de Juan Pablo –dice George Weigel en “Testigo de esperanza”, la mejor biografía que sobre aquél se ha escrito- suele dividirse en dos actos. En el primero, el Papa lucha contra el comunismo, y su postura queda confirmada por la revolución de 1989 y el fin de la Unión Soviética en 1991.” El segundo se refiere a su defensa de la familia y la vida del no nacido, al que sí se refirió el papa Francisco en la homilía de la canonización. En realidad Weigel considera esta división poco acertada, como veremos más adelante. Pero sigamos ahora apoyados en la narración de su biógrafo, Weigel, que hemos ido espigando para sintetizar los sucesos que motivaron la caída del telón de acero, que se precipita desde el viaje del Papa a Polonia en junio de 1979. Éste fue objeto de nuestro artículo anterior, y a partir de ese momento es rápida la evolución, que seguimos de la mano de Weigel, hasta el encuentro de Juan Pablo II y Gorbachov en el Vaticano, el 1 de diciembre de 1989.

“Liberación mesiánica”, titula George Weigel el capítulo de su libro “Testigo de esperanza”, que comienza: “Cuando los responsables de la agenda del Papa fijaron el domingo 12 de noviembre de 1989 como fecha de las canonizaciones de la beata Inés de Bohemia y el beato Alberto Chmielowski, estaban lejos de imaginar que la ceremonia coincidiría con una convulsión política destinada a modificar de manera decisiva el panorama europeo y la política mundial. Dos meses y medio antes, el 22 de agosto, el Sóviet Supremo Lituano había anulado unilateralmente la anexión de la república a la Unión Soviética. Aunque el gesto no tuviera efectos inmediatos, era el anuncio de que la revolución centroeuropea, cuyo ímpetu estaba volviéndose irresistible, no limitaría al Imperio soviético externo su acción desintegradora. El 10 de septiembre Hungría abrió su frontera con Austria para permitir la marcha al Oeste de los refugiados germano-orientales. En el balance final, más de treinta mil personas se escaparían de la República Democrática Alemana por aquella brecha en el Telón de Acero.

Tres semanas más tarde, el 1 de octubre, el dirigente comunista de la RDA Erich Honecker permitió que quince mil ciudadanos de su país que se habían refugiado en las embajadas germano-occidentales de Praga y Varsovia se desplazaran a Alemania Occidental en trenes especiales: otra brecha en el foso tecnológico que separaba a Alemania de Europa, y que hasta entonces había sido inexpugnable. El 18 de octubre, dos días después del inicio de las manifestaciones multitudinarias de Leipzig, Honecker, al timón del país desde 1971, perdió el cargo de secretario del partido y fue sustituido por Egon Krenz.

No había pausa en las manifestaciones y las emigraciones. El 5 de noviembre, más de medio millón de personas pidió reformas democráticas en Berlín Este. Entre el 4 y el 8 de noviembre otros cincuenta mil alemanes de la parte comunista huyeron al Oeste por Checoslovaquia. Los días 7 y 8 de nombre el gobierno de Alemania Oriental dimitió en bloque, y el Politburó del Partido Comunista prescindió de la vieja guardia.

Las reformas, sin embargo, eran insuficientes y tardías, y los nuevos dirigentes del partido y el gobierno lo sabían. Su principal rendición se produjo el 9 de noviembre, cuando abrieron el muro de Berlín al libre tránsito de personas entre el Este y el Oeste. Los berlineses bailaron encima del muro. A la una de la madrugada del 10 de noviembre, el legendario Kurfürstendam se llenó de alemanes de ambos lados de la frontera que se abrazaban, bailaban… y apenas daban crédito a lo que ocurría. Había caído el símbolo máximo de la guerra fría.

El 12 de noviembre, las canonizaciones de Alberto Chmielowski e Inés de Bohemia dieron a Juan Pablo II la oportunidad de exponer en público su interpretación de unos acontecimientos épicos. En una nueva e intensa demostración de que en los designios de la Providencia nada es mera coincidencia, la ceremonia de canonización en Roma también permitió que los checos y los eslovacos unieran sus energías para afrontar la fase siguiente de la revolución de 1989.”

Sobre el encuentro entre Juan Pablo II y Gorbachov 1 de diciembre de 1989 George Weigel dedica un capítulo interesantísimo de su biografía “Testigo de esperanza”. “Los dos hombres entraron en la biblioteca del Papa para conversar en privado con ayuda de dos intérpretes (Juan Pablo lee ruso pero no lo habla), uno suministrado por la Secretaría de Estado vaticana, y el otro Valeri Kovlikov, funcionario del Ministerio soviético de Asuntos Exteriores.

Ambos líderes mostraban interés por conocerse. El Papa defendió la libertad religiosa, como en todas sus entrevistas anteriores con autoridades soviéticas, pero también sopesaba a su visitante. ¿Quién era aquel hombre? ¿En qué creía? ¿Cómo justificaba sus creencias ?

Mientras Raisa Gorbachov visitaba la Capilla Sixtina, el presidente soviético y el Papa hablaron durante una hora y media, treinta minutos más de lo previsto. Según Gorbachov, Juan Pablo habló de su «credo europeo» y su convicción de que la unión de Europa «desde los Urales al Atlántico», que estaba en marcha, debía considerarse como un regreso a la normalidad, a la trayectoria histórica legítima de Europa. De ello se deducía, entre otras cosas, que el Oeste no debía considerar los hechos de 1989 como una victoria, sino una oportunidad para recuperar una faceta de su herencia.

Una vez finalizada la conversación entre Juan Pablo II y Gorbachov, Raisa Gorbachov fue introducida en la sala para ser presentada oficialmente al Papa. Su marido, que estaba relajadísimo, la cogió de la mano y dijo: Raisa Maximova, tengo el honor de presentarte a la máxima autoridad moral del planeta. -Añadió después, riendo entre dientes-: ¡Y es eslavo, como nosotros! »

Cuando Juan Pablo y Gorbachov salieron de la biblioteca papal para sumarse a sus séquitos respectivos y hacer declaraciones oficiales, ninguno de los presentes fue inmune a la excitación del momento. Era algo electrizante, y hasta los reporteros veteranos quedaron atrapados por aquel ambiente.

En el momento de subir al podio para pronunciar su discurso oficial de bienvenida, a Juan Pablo le temblaban las manos. Empezó diciendo que le proporcionaba «especial satisfacción” dar la bienvenida al Vaticano al presidente soviético, su esposa, el ministro de Exteriores y el resto del séquito. Siguió a esas palabras una lección de historia en tono benévolo y una reflexión sobre el gran drama que se interpretaba aquel día. El milenario del bautismo de la «Rus”, celebrado un año antes, había servido para recordar a todos «la profunda huella impresa […] en la historia de los pueblos que en aquella ocasión recibieron el mensaje de Cristo», señaló Juan Pablo. «Me satisface situar su visita, señor presidente, contra el telón de fondo de la celebración del milenario, y considerada al mismo tiempo como un signo lleno de promesas para el futuro.»

El siguiente tema era el más importante para Juan Pablo: la libertad religiosa. Pensando en sus atribulados rebaños de Lituania y Ucrania, pero escogiendo palabras que dejaran clara su preocupación por la libertad religiosa de todos, el Papa combinó la cortesía con la franqueza: «Los hechos de las pasadas décadas, y las pruebas dolorosas que han tenido que pasar tantísimos ciudadanos a causa de su fe, son harto conocidos. Concretamente, de todos es sabido que en la actualidad muchas comunidades católicas esperan con impaciencia la oportunidad de restablecerse y poder disfrutar del papel rector de sus pastores.» Era hora, por lo tanto, de cumplir «la decisión, en la que de una vez se ha reafirmado su gobierno, de llevar a cabo una renovación de la legislación interna» sobre libertad religiosa, afín de que la práctica soviética pudiera «armonizarse plenamente con los solemnes compromisos internacionales suscritos por la Unión Soviética». Era el mismo argumento que había expuesto el Papa a Leonid Brézhnev en su histórica carta del 16 de diciembre de 1980, instando al predecesor de Gorbachov a no invadir Polonia. Esta vez, lo que estaba en juego eran las disposiciones sobre derechos humanos de la declaración final de Helsinki, más que sus garantías en materia de seguridad. En todo caso, las «expectativas» de Juan Pablo (idénticas a «las de millones de compatriotas» de Gorbachov) se cifraban en que «la ley sobre la libertad de conciencia que dentro de poco saldrá a debate en el Sóviet Supremo contribuya a garantizar a todos los creyentes el pleno ejercicio del derecho a la libertad religiosa», «fundamento» de las demás libertades.

Al término de un siglo de masacres, Juan Pablo esperaba el nacimiento de un nuevo humanismo, una nueva «preocupación por el hombre», la cual, a su vez, engendraría una «solidaridad universal». Sin embargo, esa solidaridad quedaría truncada si se olvidaba la lección de la Segunda Guerra Mundial: «Si se olvidan los valores éticos fundamentales, pueden producirse consecuencias temibles para el destino de los pueblos, y hasta el mayor empeño puede saldarse en fracaso.» Concluyó el discurso señalando que su encuentro, además de excepcional, era «especialmente significativo: un signo de los tiempos que poco a poco ha ido madurando, un signo cargado de promesas».

Mijaíl Gorbachov había estado trabajando en su intervención oficial hasta el último minuto. El día antes por la tarde, cuando Joaquín Navarro Valls había solicitado una copia confidencial (los soviéticos ya habían recibido el texto del discurso del Papa), le habían informado de que las declaraciones de Gorbachov aún no estaban acabadas.

El dirigente soviético no pensaba quedarse atrás en cuanto a definir la excepcionalidad del momento se refería. «Ha ocurrido algo realmente extraordinario, [algo] que ha sido posible gracias a los profundos cambios que están produciéndose en muchos países y naciones.» Dando brusco fin a setenta años de feroz propaganda soviética contra el Vaticano, Gorbachov reconoció sin ambages que la Santa Sede trabajaba «para propiciar la solución de problemas comunes a toda Europa, y crear un entorno externo favorable que permita a los países la toma independiente de decisiones». A continuación, el presidente soviético declaró que las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y la URSS era un tema prácticamente resuelto, y que en breve los diplomáticos de ambas partes se ocuparían de «las formalidades». Gorbachov también prometió cumplir su promesa de una nueva ley sobre la libertad religiosa, y concluyó así: «Dentro del ámbito del movimiento de la perestroika estamos aprendiendo el arte, difícil pero indispensable, de la cooperación global y la consolidación de la sociedad con la renovación como base. »

La última frase recordaba el vocabulario acartonado de la época anterior, pero Mijaíl Gorbachov aún no había acabado. En un colofón improvisado e inesperado que cogió a todo el mundo por sorpresa, invitó al Papa a visitar la Unión Soviética.Fue otro momento cargado de emoción, y a algunos periodistas les pareció una gran oportunidad perdida que Juan Pablo no aceptara la invitación allí mismo y de manera espontánea. El Papa, consciente de las sensibilidades ecuménicas, comprendía que para ir a la URSS era necesario que lo invitara la Iglesia ortodoxa rusa. Es muy posible que el presidente soviético, familiarizado con la relación histórica entre su cargo y el patriarca de Moscú, considerase factible convencer al patriarcado. No tuvo ocasión. En menos de dos años Gorbachov era depuesto y la URSS dejaba de existir”.

Solo nos queda ya aclarar el por qué decíamos –al principio de este artículo- que en realidad Weigel considera la división en dos actos del drama del pontificado de Juan Pablo, el del desmantelamiento del comunismo y el de la defensa de la familia y la viuda, poco acertada. En apartado que Weigel titula “¿Uno o dos actos?”, escibe: “El drama del pontificado de Juan Pablo suele dividirse en dos actos. En el primero, el Papa lucha contra el comunismo, y su postura queda confirmada por la revolución de 1989 y el fin de la Unión Soviética en 1991. En el segundo acto el Papa rechaza muchos aspectos de la nueva libertad que ha contribuido a forjar. El enfrentamiento llega a su punto culminante en la Conferencia Mundial sobre Población y Desarrollo de El Cairo (1994).”

Sobre este segundo tema, con la confrontación de 1994 entre el papa Juan Pablo II y el presidente Clinton, sobre la población mundial y la planificación familia, escribiremos más adelante, porque se trata de un asunto de enorme actualidad. Vayamos ahora a la conclusión sobre si uno o dos actos del drama de Juan Pablo II. Se contesta, el autor, a su pregunta: “Hay parte de verdad en ello. No cabe duda de que en sus primeros trece años de pontificado Juan Pablo n dedicó más tiempo a las cuestiones de Europa del Este. Sin embargo, la división convencional en dos partes acaba siendo insuficiente, porque interpreta el pontificado en términos prioritarios de impacto sobre la política mundial, que para Juan Pablo siempre ha sido una serie de cuestiones derivadas. Es más: la división peca de injusta con las numerosas iniciativas públicas que, tomadas por Juan Pablo en los ochenta, poseían un carácter mundial o tenían escasa o nula relación directa con su región natal. Lo más importante es que el “modelo en dos actos” del pontificado de Juan Pablo no logra captar la característica imaginación que aportó Karol Wojtyla al papado.

Como escribiera a Henri de Lubac en 1968, Wojtyla creía que la crisis de la modernidad suponía «una degradación, y hasta […] pulverización de la unicidad fundamental de cada persona humana». El comunismo era una de las expresiones evidentes, peligrosas y poderosas de esa crisis, como lo habían sido el nazismo y el fascismo, pero la deshumanización del mundo de los hombres tenía otras maneras de verificarse y podía darse en sociedades libres. Cada vez que un ser humano era reducido a objeto de manipulación (por un director de empresa, encargado de comercio, investigador científico, político o amante), se producía un caso de «pulverización de la unicidad fundamental de cada persona humana». Lo que Wojtyla solía describir como «utilitarismo» en sus clases de ética social, y que convertía la «utilidad para mí» en único criterio de las relaciones humanas, suponía otra grave amenaza al futuro de la humanidad. No se trataba de una amenaza con armas nucleares, policía secreta y archipiélago Gulag, pero era peligrosa, y uno de los motivos de que lo fuera era su escasa visibilidad.

El desafío a cuanto «pulveriza» la dignidad única de cada persona humana es el tema principal que recorre como un hilo luminoso el pontificado de Juan Pablo II, dotándolo de una coherencia singular. Su papado ha sido una obra en un acto, aunque los adversarios que han ocupado el centro del escenario hayan ido cambiando. La tensión dramática permanece constante: es la tensión entre varios humanismos falsos que, asegurando defender y exaltar a la humanidad, la degradan, y el verdadero humanismo del que es testigo poderoso la visión bíblica de la persona humana”.

Muy interesante valoración que confirma todo lo dicho sobre la influencia de Juan Pablo II en la caída del telón de acero, no por acciones políticas concretas sino por esa defensa de los valores humanos, que son los cristianos. No necesitó el gran Papa hablar de libertad política, le bastaba hablar de libertad religiosa y recordar el compromiso de Rusia de cumplir la Declaración Universal de Derechos Humanos. Y ello sin ceder un ápice, machaconamente, asumiendo todas las consecuencias.


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Juan Pablo II y la caída del muro. 2. Una revolución del espíritu

Permalink 23.05.14 @ 07:26:34. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

( Vaticano. Acuarela de Pablo Rubén López Sanz, en Facebook) (*)

Con motivo de la canonización de Juan Pablo II el pasado día 4, he recordado, como les contaba la semana pasada, mi compromiso de profundizar en la decisiva influencia del gran papa polaco en la caída del telón de acero, que asumí en el artículo que dediqué a su beatificación, en el 2011. “El drama del pontificado de Juan Pablo –dice George Weigel en “Testigo de esperanza”, la mejor biografía que sobre aquél se ha escrito- suele dividirse en dos actos. En el primero, el Papa lucha contra el comunismo, y su postura queda confirmada por la revolución de 1989 y el fin de la Unión Soviética en 1991.” El segundo se refiere a su defensa de la familia y la vida del no nacido, a lo que sí se refirió el papa Francisco en la homilía de la canonización. En realidad Weigel considera esta división poco acertada, como veremos más adelante. Pero sigamos ahora, apoyados en la narración de su biógrafo, Weigel, que iremos espigando para sintetizar, con los sucesos que motivaron la caída del telón de acero, que se precipitan desde el viaje del Papa a Polonia en junio de 1979 (había sido elegido Papa el 16 de octubre de 1978).

Estamos en Czestochowa, y Weigel refiere : “Dijo Juan Pablo que la vida, el testimonio y la muerte de san Estanislao a manos del poder estatal arbitrario habían introducido una gran verdad en los fundamentos de la historia y la cultura polacas: que las leyes promulgadas por el Estado deben subordinarse a la ley moral inscrita por Dios en la naturaleza y en el corazón humano. La ley moral «impone una obligación a todos, súbditos y gobernantes por igual». La crisis de la modemidad sólo podía ser resuelta previo reconocimiento de esa ley moral porque sólo cuando se reconocía la ley moral «[podía] respetarse y reconocerse universalmente la dignidad de la persona humana». El aniversario de san Estanislao, concluyó el Papa, también exigía a los polacos pensar en sí mismos y en su país «dentro del contexto europeo».

Existía –continúa Weigel con las palabras del Papa- una manera razonable de hablar de «Europa Occidental» y «Europa Oriental», pero no era la del Telón de Acero. «A pesar de que en el territorio europeo existan distintas tradiciones en su parte oriental y su parte occidental, en ambas vive la misma cristiandad, que tiene sus orígenes en el mismo Cristo, acepta la misma Palabra de Dios y está vinculada con los mismos doce apóstoles.» Aquella «genealogía espiritual» era lo que convertía a Europa en «Europa». La unidad del episcopado polaco, que llevaba tanto tiempo al servicio de la nación y de su unidad, debía ser puesta al servicio de una responsabilidad más amplia. Sí, porque «la cristiandad debe renovar su compromiso con la unidad espiritual de Europa. No bastan razones económicas y políticas. Debemos ahondar y llegar a razones éticas».
(…) Esa misma tarde, Juan Pablo predicó la unidad a través de la reconciliación entre naciones, en una misa para otro millón de peregrinos de la Baja Silesia. Para los hombres de Varsovia y Moscú, el discurso de Jasm Góra, donde el Papa vinculaba la libertad religiosa y la integridad nacional de Polonia a la causa de la unidad europea, sólo tenía un significado posible. Sin mencionar siquiera la palabra «Yalta», Juan Pablo II se había colocado a sí mismo y a la Iglesia en contra de la división de Europa posterior a 1945. Aquel hombre era una amenaza contra las posiciones comunistas, precisamente porque desplegaba unas armas a las que el comunismo era muy vulnerable. El ubicuo eslogan del Partido Comunista, “El Partido es para el pueblo”, seguía presente en muchos edificios del país. En una de las pancartas se había añadido furtivamente un codicilo: “… pero el pueblo es del Papa”.

Más adelante sigue desvelando el efecto de las intervenciones en el trascendental viaje de Juan Pablo, como Papa, a su país de origen, a su tierra. El Papa apelaba por igual a las conciencias de creyentes y no creyentes. Con su oposición a una «vida deshonrosa», Juan Pablo revivía una antigua tradición cultural polaca relegada al olvido por el comunismo: «La ética del sacrificio, en cuyo nombre nuestros abuelos y padres nunca dejaron de luchar por la dignidad nacional y humana.» Era un llamamiento a la renovación moral del país, dirigido a todos, y Juan Pablo lo había formulado sin desprecio a la oposición; y es que, en el nivel de profundidad moral al que sin descanso intentaba dirigir las reflexiones de su pueblo, el adversario no era el comunismo, sino la propia letargia de ese pueblo que, por consentimiento tácito o manifiesto, permitía la continua imposición de una forma ajena de control político al país.

Era el análisis de “Persona y acción” – la tesis de Wojtyła- reelaborado para una audiencia multitudinaria. La solidaridad y la oposición constituían fuerzas matrices esenciales de una vida humana madura, y la libertad de pensar por uno mismo debería llevar al compromiso con el bien de los demás. Lo expresó con sencillez un corresponsal occidental, laico al ciento por ciento: «La palabra que lo describe todo es, ineludiblemente, amor. [El Papa] lo recibe del país, tal como en la historia sólo lo han tomado los liberadores y los dictadores, pero de algún modo devuelve el peligroso don, dejando en un lado a un hombre intacto, y en el otro a millones de personas que vuelven a sus casas con mayor respeto a sí mismos. »

A pesar de que jamás descendiera a la polémica o las maniobras partidistas, lo cierto es que Juan Pablo estaba realizando una especie de referéndum nacional. El resultado quedó claro apenas iniciada su peregrinación. Se había desatado una revolución del espíritu. Y a continuación, Weigel describe el efecto del viaje del Papa, bajoel título “De la solidaridad a Solidarnosc”. Cuatrocientos cuarenta y ocho días después de que Juan Pablo II despegara del aeropuerto de Balice, situado en las afueras de Cracovia, un electricista salido del paro, Lech Walesa, usaba un enorme bolígrafo rematado con la imagen de un Papa sonriente (reliquia de la peregrinación papal de junio de 1979) para firmar un acuerdo en el astillero Lenin de Gdansk. El gobierno comunista de Polonia accedía a reconocer la legalidad del primer sindicato independiente y autogestionado del mundo comunista. Se llamaba Solidamosc, «solidaridad». ¿Puede decirse que la experiencia de solidaridad de los nueve días de Juan Pablo en 1979 hizo posible el nacimiento de Solidamosc en 1980?.

Weigel se pregunta qué había pasado en aquél viaje que pudiera provocar consecuencias tan tracendentales. “Una nueva autoestima, una nueva experiencia de dignidad personal y la firme decisión de no dejarse intimidar más tiempo por «el poder»: ésos fueron los frutos de la peregrinación papal, tanto para los creyentes como para los no creyentes. Si, como defiende el historiador Norman Davies, «la esencia de la experiencia polaca moderna [pre-Solidamosc] es la humillación», fue Juan Pablo II quien libró a sus compatriotas de ese peso. Con ello posibilitó un movimiento de autodefensa social con base amplia y no violento.

En el momento de la fundación del sindicato, Józef Tischner dijo que “Solidamosc” era «un bosque inmenso plantado por conciencias que han despertado». Esas brújulas morales personales habían sido formadas en primer lugar, y en circunstancias muy difíciles, por el trabajo de los padres, los catequistas y el clero. Como dijo Mieczyslaw Malinski, viejo amigo del Papa, los hombres de la huelga de Gdansk habían sido los niños a los que él e innumerables sacerdotes polacos habían impartido la primera formación religiosa y moral en iglesias heladas, durante la Gran Novena del cardenal Wyszynski. El despertar de las conciencias del movimiento de Solidaridad tenía muchos padres y madres, pero había sido Juan Pablo II quien, en junio de 1979, había dotado a esas conciencias de un filo cortante de determinación, dándoles permiso para ejercitar en público el derecho al juicio moral.

En un nuevo capítulo que titula Weigel “La historia en cámara rápida”, resume la sucesión de fracturas del régimen soviético que se producen a continuación. “Lo que parecía inmutable desde la Segunda Guerra Mundial (la hegemonía soviética en el último gran imperio político y el dominio comunista en los Estados vasallos de ese imperio) empezó a cambiar con asombrosa rapidez en abril de 1988. Considérense los acontecimientos que fueron sucediéndose, o mejor dicho atropellándose:

El 8 de abril, la Unión Soviética anuncia su retirada de Kabul, renunciando así a su última aventura imperial, la invasión y ocupación de Afganistán.

El 29 de abril, Mijaíl Gorbachov se entrevista con los dirigentes de la ortodoxia rusa, reconoce el papel del cristianismo en la historia de Rusia y promete que una nueva ley sobre la libertad de conciencia tendrá en cuenta las inquietudes de los creyentes en un Estado oficialmente ateo.

El 23 de agosto se producen manifestaciones en las repúblicas de Lituania, Letonia y Estonia, como protesta contra la anexión a la URSS de que habían sido objeto en 1940 los tres Estados, anteriormente independientes. No habían pasado ni tres meses desde esas manifestaciones y el Sóviet Supremo Estonio ya declaraba la primacía de sus leyes sobre las de Moscú, dando el primer paso hacia la reivindicación de la independencia de las repúblicas bálticas.

El 7 de diciembre, Mijaíl Gorbachov anuncia fuertes recortes en el ejército soviético. Se aceleraba, mientras tanto, la transformación de la Europa Central comunista y el Imperio soviético externo.

El 25 de abril de 1988, en la ciudad polaca de Bydgoszcz, una huelga de trabajadores actúa de detonador a una nueva ebullición en el país. Durante los meses de abril y mayo se producen huelgas en Nowa Huta ylos astilleros de Gdansk, y se exige la legalización de Solidaridad. Siguen manifestaciones en Varsovia, Cracovia, Lublin y Lódz, en las que jóvenes obreros y estudiantes corean una consigna con reminiscencias de la peregrinación papal de 1987: «No hay libertad sin Solidaridad.» Con “ese” mayúscula o minúscula, el mensaje del Papa había sido recibido.

El 22 de mayo, János Kádár, rector de los destinos del Estado húngaro desde que los tanques soviéticos aplastaran la revolución anticomunista de 1956, es sustituido a la cabeza del Partido Comunista Húngaro por Károly Grósz, reformista de la nueva generación. Por necesidad, ya que no por convicción democrática profunda, Grósz y sus colegas están dispuestos a plantearse la reconstrucción política del país.

El 16 de agosto hacen huelga los mineros de la Alta Silesia, y las huelgas de apoyo se propagan por todo el país. Como último recurso para devolver las aguas a su cauce, el gobierno pide ayuda a Lech Walesa. Walesa propone dar fin a las huelgas, y el 3 de septiembre la mayoría de los huelguistas se reintegran a su trabajo.

El 10 de octubre, la jerarquía del Partido Comunista Checoslovaco experimenta una profunda remodelación. El 23 de noviembre, cambia el equipo de gobierno húngaro. Menos de dos meses más tarde, el 1 de enero de 1989, el régimen húngaro anuncia su consentimiento a una \oposición formada por partidos políticos.

Una semana después, el 18 de enero, el general Wojciech Jaruzelski anuncia que Solidaridad volverá a ser reconocida legalmente como sindicato independiente y autogestionado. Anteriormente, el régimen había intentado convencer a la Iglesia de que representara «a la sociedad» en unas negociaciones para establecer nuevas directrices políticas y económicas en Polonia, pero la Iglesia polaca se había negado a desempeñar el papel que le asignaba el régimen. Su actitud rompió el atolladero y Solidaridad volvió a ser reconocida como interlocutora del gobierno, siete años después de que éste creyera haber relegado al olvido a la oposición politicosindicalista.

El 6 de febrero de 1989 se inicia en Polonia la mesa redonda de negociaciones. El resultado, a los dos meses, es un acuerdo para celebrar elecciones semilibres. El treinta y cinco por ciento de los escaños del parlamento se decidirá por sufragio, así como la integridad de una nueva cámara, el senado. El acuerdo se firma el 5 de abril, y prevé elecciones para el 4 de junio.

Solidaridad designó a doscientos sesenta y un candidatos al parlamento, e hizo que en todos los carteles de la campaña aparecieran los aspirantes dando la mano a Lech Walesa (que no se presentaba). Al pie de las fotos, un sencillo comentario manuscrito del electricista de Gdansk: «Tenemos que ganar.»

El día de las elecciones proporcionó a «la sociedad» una deliciosa oportunidad de rechazar al «poder» de la más personal de las maneras. El gobierno, inepto hasta el fin, había decidido que el voto se hiciera por eliminación. En las papeletas constaban los nombres de todos los candidatos, y el votante expresaba sus preferencias tachando los que no le gustaban. Del Báltico a los Tatras, y de Wroclaw a Przemysl, millones de polacos se dieron el gusto enorme de ir tachando uno por uno los nombres de los candidatos comunistas. Cada raya era un gesto de desprecio a aquella gente que llevaba gobernando más de cuarenta años en nombre de su comprensión superior de la historia.

Fue un triunfo total para Solidaridad, que después de la segunda vuelta del 18 de junio ganó todos los escaños democráticos del Sejm y noventa y nueve de los cien del nuevo senado. (…). El 24 de agosto, tras el fracaso del candidato de Jaruzelski a primer ministro, fracasara en la formación de gobierno, el presidente encomienda la tarea a uno de los miles de direntes de Solidaridad que había encarcelado casi ocho años antes, Tadeus Mazowiecky. El primer jefe de gobierno no comunista de un pais del Este, que toma posesión el 12 de Septiembre. Polonia ha empezado el camino hacia la libertad.”

La próxima semana continuaremos, de la mano de Weigel, la sucesión de hechos y su interpretación. Sobre todo de la famosa entrevista entre Juan Pablo II y Gorbachov, en el encuentro, en el propio Vaticano, del 1 de diciembre de 1989.


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Juan Pablo II y la caída del muro. 1. Transformar la sociedad

Permalink 16.05.14 @ 07:23:25. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

(Roma vista desde el Vaticano. 1820. Óleo de J. M. W. Turner en pintura.aut.org. The Tate Gallery. Londres.177 x 335.5)(*)

Tras la canonización de Juan Pablo II el pasado día 4, se quejaba Jiménez Losantos de que el papa Francisco en la homilía del gran acto se quedó corto al resaltar la gran figura del papa Polaco, de enorme trascendencia en su opinión – y eso que es bastante descreído, aunque pude oír en una ocasión, en Esradio, cómo Luis Herrero le hacía reconocer que algo cree, y no solo en su Virgen del Tremedal – sobre todo por su importantísimo papel en la caída del comunismo. Recordé que hace años me había comprometido a escribir en estas páginas sobre ese asunto, precisamente en el artículo que publiqué con motivo de la beatificación de Juan Pablo II. Fue ésta también en el segundo domingo de Pascua, solemnidad de la Divina Misericordia, fiesta que él instituyó, y aquel año de 2011, además, fiesta de San José Obrero. Así que centré mi comentario en torno a la aportación que supuso su encíclica “Laborem exercens”, que la biografía de George Weigel, que utilicé, titula “El evangelio del trabajo”, magnífica síntesis de la doctrina de Juan Pablo II en esta materia; y prometí dedicarme más adelante a su decisiva influencia para la caída del telón de acero, lo que ahora cumplimento.

Algo de razón tenía en su apreciación Jiménez Losantos, pero justo que en la canonización el Papa, siquiera incidiera en una cuestión de matices tan políticos, probablemente no hubiera sido lo más oportuno. En cambio el papa Francisco destacó la aportación de Juan Pablo II a la familia, que precisamente para Weigel es el otro gran tema de la actuación del papa polaco. “El drama del pontificado de Juan Pablo –dice George Weigel en “Testigo de esperanza”, la mejor biografía que sobre aquél se ha escrito- suele dividirse en dos actos. En el primero, el Papa lucha contra el comunismo, y su postura queda confirmada por la revolución de 1989 y el fin de la Unión Soviética en 1991. En el segundo acto el Papa rechaza muchos aspectos de la nueva libertad que ha contribuido a forjar. El enfrentamiento llega a su punto culminante en la Conferencia Mundial sobre Población y Desarrollo de El Cairo (1994)”, durante la cual Juan Pablo envió una carta a todos los presidentes y jefes de Estado del mundo, en la que alertada de que las propuestas de la Conferencia en materia de familia y aborto podían repercutir negativamente en la moral y generar un serio contratiempo a la humanidad. Ampliaremos algo este último asunto, pero vamos a profundizar en el de la caída del comunismo en los países del Este.

Ya el papa Benedicto XVI durante la homilía de la ceremonia de beatificación de su predecesor, en la Plaza de San Pedro sí se refirió a esta cuestión, de alguna manera: La gran tarea de Juan Pablo II, explicó, fue superar la confrontación entre marxismo y cristianismo, devolviendo a este último su fuerza capaz de transformar la sociedad y realizar las esperanzas de los hombres. El papa polaco, afirmó, “abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible”.

No todos han reconocido la influencia de Juan Pablo II en la caída del telón de acero; así los que la atribuyen a factores sobre todo económicos. Por el contrario, George Weigel en “Testigo de esperanza”, da una versión de los hechos en la que el Papa Polaco tiene una intervención decisiva, como vamos a ver. Wikipedia señala que “a fines de los años 80, su actuación en Polonia y su influencia en los acontecimientos que se producían en el entonces bloque comunista contribuyeran de modo considerable a la caída de los regímenes de Europa del Este, según coinciden numerosos historiadores”.

Pero antes de meternos en la historia, nos interesa la opinión del protagonista, que nos ofrece tambien Weigel en su libro. “Cuando fue promulgada -dice-, `Laborem exercens´ se entendió como una defensa filosófica del movimiento Solidaridad. Era eso y más. Su valor perdurable radica en que añade un análisis complejo de la dignidad del trabajo al proyecto global con el que Juan Pablo se propone revitalizar el humanismo del siglo XXI.” Y titula a continuación: “¿Qué había ocurrido?”.

Centesimus Annus (la tercera encíclica social fue promulgada por Juan Pablo II el 1.5.1991, para conmemorar el centenario de Rerum Novarum) se abre con un tributo al papa León XIII, cuya aplicación creativa de los principios morales del catolicismo a las «cosas nuevas» sociales, económicas y políticas de finales del siglo XIX había creado, en palabras de Juan Pablo, «un ejemplo perdurable para la Iglesia». Los temas principales de Rerum novarum (la dignidad del trabajo y de los trabajadores, el derecho a la propiedad privada y los deberes que acarrea, el ha de asociación, incluido el de formar sindicatos, el derecho a un salario justo y el derecho a la libertad religiosa) seguían formando parte del legado intelectual de la Iglesia. Además, León XIII había formulado una predicción «sorprendentemente acertada» sobre la caída del socialismo, inevitable a sus ojos y a los de Juan Pablo por culpa de su error «fundamental» acerca de la naturaleza de la persona humana. Ese error «antropológico», agravado por el ateísmo, había ocasionado indecibles sufrimientos a la humanidad.

Adoptando como trasfondo el análisis anterior – seguimos con Weigel-, Juan Pablo se plantea la pregunta de a qué se debían los hechos de 1989, y por qué se habían producido justo en aquel momento y de aquella manera. Repite, como en tantas ocasiones, que el motor de la historia es la cultura, no la economía ni la superioridad material. Ésa era la verdad que explicaba el porqué, el cómo y el cuándo de 1989.

Por supuesto que había otros factores, uno de ellos «la violación del los derechos de los trabajadores» por parte de un sistema que decía gobernar en su nombre. Con su resistencia «en nombre de la solidaridad», los trabajadores habían «recuperado, y en cierto sentido redescubierto, el contenido y los principios de la doctrina social de la Iglesia», y eso los había animado a resistir «mediante una protesta pacífica, sin usar otras armas que las de la verdad y la justicia». Se trataba de otra refutación del credo marxista, ya que, «mientras el marxismo sostenía que la exacerbación de conflictos sociales era la única manera de solucionados a través del enfrentamiento violento», la división de Europa en Yalta no se había visto superada por otra guerra, sino por el compromiso no violento de unas personas que «tuvieron éxito […] en la búsqueda de maneras eficaces de dar testimonio de la verdad».

La incompetencia económica era otro factor clave en la crisis del socialismo real, y reflejaba «la violación [por el socialismo] de los derechos humanos a la iniciativa privada, la propiedad y la libertad en el sector económico». Creyendo que la economía explicaba la cultura, los marxistas habían acabado por destruir las economías por ellos mismos construidas. Subordinar la cultura a la economía significaba suprimir las cuestiones más urgentes de la vida, y el único resultado posible era la desintegración social.

No obstante, la causa más profunda de la caída del socialismo era el «vacío espiritual» que creaba. El marxismo había intentado «arrancar del corazón humano la necesidad de Dios», demostrando que ese objetivo no podía llevarse a cabo «sin sembrar el desconcierto en el corazón».

El humanismo cristiano, que reflejaba las verdades permanentes inscritas en la condición humana, sabía cómo hablar al desconcierto creado por el humanismo ateo en el corazón de los hombres, y de esa manera había devuelto a la gente sus culturas verdaderas. En cuanto un número suficiente de personas hubo recuperado su conciencia hasta el punto poder decir «no» a la mentira comunista, esa mentira, y el propio comunismo, se vinieron abajo. “Así describía –dice Weigel- y explicaba Juan Pablo los hechos de 1989.

Es bien conocida la repercusión que el nombramiento de un papa Polaco tuvo en los paises del telón de acero, especialmente en Polonia. Antes de entrar en la narración de los hechos de Weigel, que resumiremos en sucesivos capítulos, resulta muy interesante el planteamiento de los políticos comunistas ante la nueva situación. “Karol Wojtyla –dice Weigel – no accedía al papado con un plan para desmantelar la Unión Soviética o su imperio externo. Jamás se le habría ocurrido concebir sus responsabilidades en esos términos. Estaba decidido a dar testimonio público de la verdad sobre la condición humana tal como aparece en el Evangelio de Jesucristo. Un papado expresamente evangélico no podía sino enfrentarse con las contraverdades sobre la condición humana, la comunidad y el destino del hombre defendidas por el comunismo. El Evangelio tenía consecuencias públicas, y Juan Pablo nunca vaciló en sacarlas, por incómodas que fueran para los detentadores del poder material.

La negativa deJuan Pablo II a aceptar la división europea de Yalta como hecho consumado suponía un desafío frontal a la estrategia soviética de posguerra. Desde el punto de vista soviético, el asunto ya era grave de por sí, pero un Papa eslavo, capaz de dirigirse en su propio idioma a la inquieta población del Imperio soviético, era una pesadilla que excedía los peores sueños de los hombres del Kremlin. Añádase a ello los términos con que expresaba el desafío Juan Pablo II. Evitó, como en su época de arzobispo de Cracovia, toda condena directa del marxismo-leninismo, que lo habría expuesto a la acusación de ser un político eclesiástico aliado de Occidente. Asimismo, con su tenaz insistencia en los derechos humanos (con especial acento en el derecho fundamental de la libertad religiosa), atacaba sutilmente el núcleo del proyecto histórico comunista: la afirmación de que el comunismo era el verdadero humanismo del siglo xx, y el auténtico liberador de la humanidad.

Las esperanzas puestas por el Kremlin en la ostpolitik vaticana de finales de los sesenta y buena parte de los setenta – que Weigel explica con detalle en capítulos precedentes, pero se comentan en los siguientes, como veremos- habían sido hechas trizas. El nuevo Papa representaba una grave amenaza, no sólo al Pacto de Varsovia sino a la propia Unión Soviética; y lo era, justamente, por su condición de testigo más que de político.”

Para su biógrafo, Weigel, los sucesos se precipitan desde el viaje del Papa a Polonia en junio de 1979. Lo veremos la semana que viene, en nuevo artículo.


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