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Juan Pablo II pidió perdón en el Muro de los Lamentos

Papa Wojtyla en Tierra Santa; la historia y la crónica de un viaje lleno de dificultades en marzo de 2000, pero que cambió la relación con los judíos
Marco Tosatti
Roma
A casi 14 años de distancia, los recuerdos del viaje de Juan Pablo II a la Tierra Santa se han ido revistiendo de un aura de benevolencia. Pero en realidad fue un viaje difícil, tempestuoso, lleno de polémicas. Seis años antes, la Santa Sede había comenzado a establecer relaciones diplomáticas con el Estado de Israel; una decisión difícil y valiente, que podía acabar con las dificultades de muchos cristianos en el mundo árabe. Juan Pablo II fue el artífice de ese cambio diplomático, que todavía (¡a veinte años de distancia!) está esperando su materialización, en medio de negociaciones infinitas, sobre todo en relación con el estatus de la Iglesia en Israel. Pero, a pesar de esa voluntad tan precisa y del hecho de que probablemente San Wojtyla sea el Pontífice más querido entre los judíos, el primer impacto no fue cordial. Los que estuvieron presentes recordarán que Juan Pablo II fue recibido en el aeropuerto de Tel Aviv no solo por el presidente del Estado de Israel, Ezer Weizman, sino también por el primer ministri, Ehud Barak. Una ceremonia muy formal, enmarcada por secas órdenes militares que salían de los megáfonos. La impresión fue de una enorme cortesía, pero poco calor, destacada con el tono de los discursos. «Muchas generaciones han pasado desde el inicio de la historia de mi pueblo –dijo el presidente–, pero, a mis ojos, es como si hubieran transcurrido pocos días. Solamente han transcurrido 200 generaciones desde que un hombre que se llamaba Abraham dejó su patria para dirigirse hacia la tierra que hoy es mi país. Solo 150 generaciones separan la columna de fuego de salvación de la salida de Egipto de las columnas del humo aniquilador de la Sohah. Hoy ya no somos hebreos exiliados ni errantes».

 

 

Fueron pocas las palabras que podían sonar a una bienvenida: «apreciamos el aporte de Su Santidad a la condena del anti-semitismo como “pecado contra el cielo y la humanidad”, y su petición de perdón por las acciones en contra del pueblo hebraico perpetradas en el pasado por la Iglesia». Y el discurso pasó inmediatamente al “litigio” que existía entre la Santa Sede y el Estado de Israel: Jerusalén, en particular, para la cual el Vaticano proponía, con base en las resoluciones de la ONU, un “estatus” garantizado a nivel internacional. «Jerusalén es el corazón del pueblo de Israel de todas las generaciones –dijo Weizman–, la fuente de nuestra fuerza espiritual. Jerusalén es la ciudad de la eternidad, la ciudad reunificada, la ciudad de los jueces de Israel, de los reyes de Israel, capital y orgullo del Estado de Israel».

 

 

El Papa recordó «cuán urgente es la necesidad de paz y justicia, no sólo para Israel, sino también para la región entera». «Justicia para todos», repitió, porque los cristianos y los judíos «deben realizar esfuerzos valientes para eliminar todas las formas de prejuicio». En el aeropuerto no estaban presentes, entre otros, el Gran Muftí de Jerusalén (debido a razones políticas) ni los dos rabinos líderes de Israel, el sefardí y el asquenazí. El motivo era que el día anterior había sido Purim, una fiesta análoga a nuestro carnaval. En Jerusalén había solo una pancarta solitaria que daba la bienvenida a Juan Pablo II: «Jerusalén acoge a su Santo Padre». Un día antes, en Amán, se vivió un clima radicalmente diferente, pues la multitud superó los cordones de seguridad para tratar de acercarse al Papa.

 

Parece que han pasado más de 14 años, si se recuerda el encuentro con el presidente de la Autoridad Palestina, Arafat, que recibió al Papa como si Palestina fuera ya un Estado. Juan Pablo II besó, tal y como hizo cuando llegó a Tel Aviv, la tierra. Y recordó que la Santa Sede «siempre ha reconocido el derecho natural del pueblo palestino a tener una patria y su derecho a poder vivir en paz y tranquilidad con los demás pueblos de esta región». E insistió en que no se podía poner fin al conflicto en la Tierra Santa «sin garantizar sólidamente los derechos de todos los pueblos implicados, sobre la base de la ley internacional y de las importantes resoluciones y declaraciones de las Naciones Unidas». Parecía casi al alcance de la mano, pero, en realidad, dijo Arafat, «nosotros estamos a la vigilia de la Resurrección». En la misa celebrada en Belén Arafat, musulmán, y su esposa Suha, cristiana, estaban en primera fila. «Belén es el centro de mi peregrinación jubilar –dijo Papa Wojtyla. Los senderos que he seguido me han traído a este lugar y al misterio que proclama: la Natividad […] Este lugar ha conocido el «yugo» y la «vara» de la opresión. ¡Con cuánta frecuencia se ha escuchado en estas calles el grito de los inocentes!». Durante la Misa no se escuchó la voz del “mu’azin”; «un signo de la cooperación entre religiones», comentó Michel Sabbah, entonces Patriarca latino de Jerusalén.
Fue, sí, un viaje histórico, pero estuvo lleno de polémicas que fueron el fruto de una interpretación histórica, en particular sobre Pío XII, que probablemente ahora (gracias al trabajo de instituciones dirigidas por hebreos estadounidenses) cuenta con muchos menos seguidores que entonces. Cuando Papa Wojtyla entró al museo Yad Vashem, en el “Jerusalem Post” apareció (pagada) una página entera de críticas contra Juan Pablo II y Pío XII: el rabino Meir Lau, que elogió al Papa (definiéndolo como «un puente para la comprensión y la esperanza»), se lamentó de que el Papa no hubiera pedido perdón «por la Iglesia en cuanto tal, que a menudo ha atizado el odio contra los hebreos», e indicó que no le parecía correcto que fueran beatificadas «personas que callaron mientras la sangre hebrea se derramaba». «Construyamos un futuro nuevo en el que ya no existan sentimientos antijudíos entre los cristianos o sentimientos anticristianos entre los judíos», pidió Juan Pablo II. El primer ministro Ehud Barak le respondió aceptando la mano que le tendía y recordó que muchos católicos «arriesgaron sus vidas para salvar las vidas de los demás». También elogió al Papa: «Usted ha hecho más que nadie para llevar a cabo el histórico cambio de actitud de la Igleisa hacia los judíos […] Usted ha izado hasta el punto más alto la bandera de la hermandad, pidiendo perdón por los entuertos cometidos por miembros de su fe en contra de los hebreos. Apreciamos profundamente este noble acto. Naturalmente, no es posible superar de un día a otro todos los dolores del pasado».

 

Justamente en el Yad Vashem, se podría decir, comenzó el cambio que permitió que Juan Pablo II (con la visita al Muro de los lamentos) gozara de una popularidad sin precedentes en el mundo judío. Pero ni siquiera él pudo hacer el milagro de un encuentro interreligioso en la ciudad de la Paz, que, desde siempre, ha sufrido muchísimo. El Gran Muftí no se presentó e incluso acusó a los rabinos de avalar la ocupación israelí; en su lugar habló Tasiir al Tamimii, Responsable de la Justicia para los Palestinos. El rabino Meir Lau agradeció al Pontífice por haber reconocido que Jerusalén era «capital eterna e indivisible del Estado de Israel». Hubo protestas entre los asistentes, pero fueron acalladas. Y Tamimii cambió el discurso que tenía preparado; dio la bienvenida al «gran huésped, el Papa, en nombre del pueblo palestino y en tierra palestina», y gritó en contra de «la opresión». Entre los aplausos de los árabes presentes dijo que Al Quds (“La Santa”, nombre musulmán de Jerusalén, ndr.) era parte de la nación islámica, capital eterna del estado palestino «guiado por Yaser Arafat»; también recordó que «la justicia es un deber hacia los amigos y hacia los enemigos», e invitó a los cristianos y a los musulmanes a cooperar. Sin embargo, al momento de regar un olivo en señal de paz, abandonó el lugar.

 

Juan Pablo II celebró una Misa en el Cenáculo. Existía la esperanza de que el lugar pudiera volver a la propiedad de los franciscanos. Falsa, como muchas otras relacionadas con esa tierra y con ese país. Desde 1583 no se celebraba una Misa en esa sede. Juan Pablo II estaba muy emocionado. Y después Korazym, el Monte de las bienaventuranzas y Nazaret. Fue un peregrinaje rodeado por declaraciones polémicas relacionadas con la Sohah, con la falta de disculpas por parte de Papa Wojtyla, con Pío XII… y con la previsible violación del reposo sabático de todos los que acompañaron al Papa a Galilea. Sin embargo, al final llegó el gran día.

 

El peregrinaje del Papa concluyó, como no podía ser de otra manera, en la ciudad quel leva impresa en las piedras su santidad, bendició y condena al mismo tiempo. Concluyó justamente frente a estas piedras. En la piedra de la Mezquita de la Roca, que el Papa no pudo ver, la Roca sobre la que Abraham estaba a punto de sacrificar a Isaac, y desde la que, el día del juicio, se escucharán las trompetas, según el islam; en las piedras del Muro de los lamentos, en donde Juan Pablo II dejó una petición de disculpas; y en las piedras del Santo Sepulcro: el sitio en donde fue clavada la cruz, la que recibió el cuerpo de Jesús para la unción y la tumba. El Pontífice se arrodilló ante la Piedra de la Unción, pero, sobre todo, hizo un esfuerzo con su enfermo y cansado cuerpo para entrar en el cubículo que protege desde hace siglos el Sepulcro, en donde besó dos veces la piedra de la «tumba está vacía. Es un testigo silencioso –exclamó– del acontecimiento central de la historia humana: la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Durante casi dos mil años la tumba vacía ha dado testimonio de la victoria de la Vida sobre la muerte. Con los Apóstoles y los evangelistas, con la Iglesia de todos los tiempos y lugares, también nosotros damos testimonio».
Se cumplió el deseo del Papa; el momento más importante de su peregrinaje jubilar llegó finalmente. En Jerusalén brillaba el sol, después de una semana de viento y lluvia fría. El Pontífice pasó por las calles de la Ciudad vieja y se dirigió al Patriarcado armenio, en donde el Patriarca Manoukian le enseñó objetos religiosos que fueron salvados durante el genocidio de 1915, el primero del siglo y que, por motivos de “realpolitik” para con Turquía, el gobierno de Israel no reconoce. Los muros del barrio estaban llenos de pancartas que recordaban la masacre, todavía negada por los herederos de los responsables. Después, Wojtyla subió a la explanada de las mezquitas y en ese momento se elevó por encima de la Roca brillante una enorme bandera palestina, volando gracias a un racimo de globos. La explanada de las mezquitas está muy cerca del Muro Occidental, pero el recorrido del Papa, en un gran vehículo cerrado, fue un poco más largo. El espacio frente al muro fue dividido en tres partes: una para las mujeres, una central para los hombres y otra para el Papa. El rabino del lugar, Michael Melchior, que era también Ministro para la Diáspora, lo recibió recordándole nuevamente la Inquisición y la Sohah, y con un tono elevado habló sobre la paz. «Hemos vuelto a nuestra tierra y capital. Saludamos aquí su visita como un compromiso por parte de la Iglesia católica para acabar con los años de odio, humillación y persecución del pueblo judío. En nombre del gobierno de Israel y del pueblo judío, estamos aquí, hoy, para gritar con la más fuerte y más clara de las voces: ¡nunca más¡ ¡Nunca más deberemos pervertir los sublimes valores de la religión para justificar la guerra! ¡Nunca más deberemos invocar el nombre de Dios mientras golpeamos a las criaturas del Señor, creadas a su imagen! Digamos: nunca más, porque este día comienza una nueva era». Mientras un joven del “Kach”, el movimiento híper-ortodoxo, gritaba «El Monte del Templo es nuestro», el Papa se acercaba al Muro de los Lamentos y leía, en voz baja, como hacen los fieles judíos, un papelito que dejó apoyado entre las piedras del Muro: «Dios de nuestros padres –era la oración que estaba escrita–, tú has elegido a Abraham y a su descendencia para que tu Nombre fuera dado a conocer a las naciones: nos duele profundamente el comportamiento de cuantos, en el curso de la historia, han hecho sufrir a estos tus hijos, y, a la vez que te pedimos perdón, queremos comprometernos en una auténtica fraternidad con el pueblo de la alianza». Después, otra visita al Santo Sepulcro, en compañía de los Patriarcas, por la tarde. Fue una etapa que no estaba en el programa y que nació de la fe y del corazón de Karol Wojtyla.