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Juan Pablo II en el estadio de Casablanca (Marruecos). 1985 agosto

El 19 de agosto de 1985 marcó una fecha histórica: el encuentro de san Juan Pablo II en el estadio de Casablanca (Marruecos).

Juan Pablo II entró en el estadio de Casablanca y lo que vio le dejó sin aliento. No tenía claro concluir su tercer viaje a África con la etapa en Marruecos, un país que tiene como religión oficial la musulmana. Pero el rey Hassan había insistido y lo convenció. Y ahora, al ver esa gigantesca mancha blanca que recubría las gradas del estadio, el Papa se conmovió.

Lo esperaban casi 80.000 jóvenes musulmanes. Todos ellos vestidos de blanco, porque en esos días se llevaba a cabo una gran manifestación deportiva.

Era el primer gran encuentro que un jefe de la Iglesia católica tenía con el mundo musulmán, después de 14 siglos de prejuicios, conflictos, de “guerras santas”. Por una parte, las Cruzadas; por la otra los repetidos intentos de ocupar Europa.

Sí, ciertamente, el Concilio Vaticano II había dicho cosas nuevas también con respecto a la religión musulmana. ¿Pero qué palabras usar en ese primer contacto? Existía el riesgo de reabrir nuevamente los archivos de una historia penosa. O, sin pretenderlo, decir algo que pudiese ofender o irritar a quien escuchaba.

Wojtyla hizo la elección acertada y más creíble. Se presentó como era, y anunció claramente sus intenciones. Sin trucos, sin dobles sentidos, sin disfraces. Se presentó como obispo de Roma y como creyente en Dios frente a otros creyentes en Dios, explicándoles que estaba allí para hablar de Cristo: “Con mucha sencillez os quisiera dar el testimonio de lo que creo”.

Esta sinceridad conquistó inmediatamente al inmenso auditorio. Los jóvenes escuchaban atentos, fascinados. Y se veía en cómo lo aplaudían después de las frases más importantes, como si ya conociesen con anticipación el texto del discurso.

Decía el Papa: cristianos y musulmanes, en cuanto a hijos de Abraham, creen en el mismo Dios, “el Dios único, el Dios vivo, el Dios que ha creado los mundos y que lleva a sus criaturas a la perfección”.

Cristianos y musulmanes, por esto, tienen muchas cosas en común, como creyentes y como hombres; y en un mundo cada vez más secularizado y ateo, deben dar un testimonio común de sus valores espirituales.

“Nos encontramos en posiciones opuestas y hemos consumido nuestras energías en polémicas y guerras. Yo creo que hoy Dios nos llama a cambiar las viejas actitudes. Debemos respetarnos. Y debemos animarnos a mutuamente a realizar obras de bien», dijo.

Era el 19 de agosto de 1985, exactamente hace treinta años. De aquel extraordinario encuentro, muchos periódicos árabes hablaron de forma positiva. Marcó el comienzo de la estrategia wojtyliana para el diálogo interreligioso, marcando el modelo de convivencia que debería haber presidido las relaciones entre las religiones.

Un año después, Juan Pablo II se convertía en el primer Papa de la historia que entraba en una sinagoga, en Roma. Y convocó en Asís la Jornada mundial de oración por la paz. Y también con el Islam las relaciones mejoraron considerablemente, tanto que, por primera vez, un Papa entró en una mezquita, la de los Omayyadi, en Damasco, el 6 de mayo de 2001.

Pasaron solo pocos meses, y el atentado del 11 de septiembre a las Torres Gemelas bloqueó esos progresos. Todo hace pensar, y en cierta medida seguramente lo ha sido, en que se trataba del inicio de una verdadera y propia ofensiva para atacar el corazón de Occidente.

Pero en realidad, el terrorismo de al-Qaida y de Osama Bin Laden no ha sido otra cosa que la punta del iceberg, el principio de una reanudación a gran escala de los fundamentalismos islámicos, e incluso, del conflicto interno en el Islam entre sunitas y chiítas, entre Arabia Saudí e Irán por la supremacía política regional
Allí comenzó una tragedia infinita, en la cual Occidente, ya sea por las desastrosas iniciativas bélicas anglo-americanas, ya sea por los compromisos impuestos por el chantaje del petróleo, se ha implicado añadiendo un factor de inestabilidad mayor para la comunidad mundial.

Mientras tanto, no se ha resuelto todavía el enfrentamiento entre israelíes y palestinos, se ha constatado el carácter efímero de las “primaveras” árabes, y la situación en Oriente Medio ha ido empeorando.

Y de esta fragmentación cada vez mayor, del aumento de los conflictos y de los dogmatismos, ha nacido el Estado Islámico (EI), después el Califato, con los yihadistas responsables de masacres horrendas y de una limpieza étnica sin precedentes.

Las primeras en sufrir esto han sido las comunidades cristianas, que hoy prácticamente han sido eliminadas, por masacres o éxodos forzosos de las tierras que habían habitado siempre.

Esta es la razón por la que, frente a esta tremenda espiral de odio y de violencia, es necesario recordar el encuentro en Casablanca de hace treinta años, entre Juan Pablo II y los 80.000 musulmanes.

Ese encuentro demostró que era posible y que puede volver a serlo también hoy, una lectura distinta de la historia islámica. Es decir, es posible leer el Corán, no como un manual de guerra sino como el libro sagrado de Alá, Dios de la clemencia, de la misericordia, y donde la palabra “paz” se repite 51 veces.

Es posible verificar que existió también un Mahoma pacífico, al menos en su primer periodo de aventura. Es posible descubrir que el Islam no ha sido siempre una “religión de lucha” (como dice el jefe del EI, Abu Bakr al-Baghdadi), sino que durante largos periodos de su historia ha habido paz en su interior y, en el exterior, con otros pueblos, con otras religiones, especialmente con el judaísmo.

Será el futuro, especialmente a la luz del reciente acuerdo de Viena sobre el programa nuclear iraní, el que dirá si pueden darse nuevos escenarios en Oriente Medio. Si el horror provocado por las masacres terroristas provocará un sobresalto en la conciencia colectiva del mundo árabe. Si el Islam, encontrando un punto mínimo de unión, tendrá la fuerza de confrontarse con la modernidad, de construir un Renacimiento propio.

Pero es evidente que si en el Islam se diese un proceso de cambio, tendrán un papel decisivo, (y aquí vuelve a tener actualidad el encuentro de Casablanca) las relaciones interreligiosas. Cada una, naturalmente, conservando la propia herencia espiritual. Pero sin rivalidades. Sin dejar que la fe vuelva a ser, como ha sido antes, fuente de intolerancia, de desencuentros, de guerras.

De otra forma, si las religiones siguen enfrentándose, luchando o solo ignorándose, ¿cómo será posible convencer a los pueblos, los hombres, para que se encaminen nuevamente en el camino de una verdadera paz?

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