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Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México

Este segundo domingo de Cuaresma coincide este año con el primer domingo de marzo, en el que celebramos en toda la República mexicana el día de la familia. La concurrencia de estas dos celebraciones nos invita a reflexionar en la familia en el ámbito de la conversión propia del tiempo cuaresmal. Si cada uno necesita convertirse, cambiar a mejor, también la familia lo necesita. De modo especial la familia tiene que ser capaz de encontrar el sentido de su vocación y de su misión en la sociedad actual. Se habla de una sociedad individualista que desvirtúa los vínculos familiares y acaba por considerar a cada componente de la familia como una isla. También se habla de una crisis de fe que afecta a tantos católicos y que a menudo está en el origen de las crisis del matrimonio y de la familia. Pero quizá uno de los mayores riesgos que corre la familia en su conjunto y en cada uno de sus miembros es el de la soledad. Pero la soledad de la familia no se cura automáticamente, necesita volver a comprometerse en el establecimiento de los vínculos entre las personas y de los vínculos con Dios para salir de esta situación.

 

Las lecturas de hoy nos hablan de Dios que viene a romper la soledad del ser humano: la soledad del corazón de Abraham cuando se veía en el trance de sacrificar a su hijo. La soledad que iban a sentir los apóstoles ante el escándalo de la cruz. La soledad que san pablo expresa ante los múltiples ataques que puede sufrir el ser humano. Ante esta soledad, Dios sale al encuentro de muchos modos. Uno de los modos es por medio de la familia, pues en ella se da una maduración de la dimensión emocional y del desarrollo afectivo por medio del diálogo, la virtud y la confianza en el amor misericordioso de Dios. El pleno compromiso que se requiere en el matrimonio cristiano puede ser un fuerte antídoto a la tentación de un individualismo egoísta.

 

Todos nosotros, como comunidad cristiana, estamos invitados a ayudar a la familia a ser lo que el ser humano necesita de ella. Esta es la misión de la Iglesia en el mundo actual: volver a llenar de esperanza a las familias ante los graves miedos que las atenazan. Porque la iglesia no puede hacer otra cosa sino lo que el mismo Cristo hizo cuando a los corazones de los discípulos llenos de miedo, les dirigió palabras de consuelo, de ánimo, de certeza: Este es mi Hijo muy amado: escúchenlo. El gran mensaje de este segundo domingo de cuaresma es precisamente la invitación a mirar a Cristo para hacer de él el criterio de las realidades humanas entre las que vivimos, porque, como nos dice el Papa Francisco: cada vez que volvemos a la fuente de la experiencia cristiana se abren caminos nuevos y posibilidades inesperadas» .

En el actuar de Jesús encontramos con gran claridad dos motivos de esperanza para la familia. Por un lado Jesús reafirma el ideal del plan inicial de Dios que permite mirar con esperanza al propio matrimonio y al propio hogar con la certeza de que el pecado y el mal no son los dueños del matrimonio, sino el amor y el bien, manifestado en la unión indisoluble entre el hombre y la mujer que no hay que entender como un “yugo”, sino como un “don” hecho a las personas unidas en matrimonio. Y en segundo lugar nunca podemos dejar de lado que Jesús miró a las mujeres y a los hombres con los que se encontró con amor y ternura, acompañando sus pasos con verdad, paciencia y misericordia, al anunciar las exigencias del Reino de Dios.

 

En medio de nuestras fragilidades la condescendencia divina acompaña siempre el camino humano, sana y transforma con su gracia el corazón endurecido, orientándolo hacia su principio, a través del camino de la cruz. Los problemas de la familia no son redimidos únicamente por la sabiduría humana, de la que siempre hay que echar mano, sino por la gracia de Dios de la que nada, como dice San Pablo, nos podrá separar. Por ello hoy, con corazón agradecido, como decíamos en el salmo responsorial, tenemos que elevar nuestra alabanza a Dios Padre por todas las familias que con esfuerzo y generosidad viven su vocación en medio de nuestro mundo, permaneciendo fieles a las enseñanzas del Evangelio, como un hermoso testimonio. Gracias a ellas, se hace creíble la belleza del matrimonio indisoluble y fiel para siempre.

 

Damos gracias a Dios por tantas familias en nuestra comunidad Arquidiocesana en las que se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, la oración y la ofrenda de la propia vida» . En esto la Santa Familia de Nazaret es el modelo admirable. Y al mismo tiempo, queremos, como Iglesia, acompañar con atención y cuidado a las familias más frágiles, a los hogares lastimados, dándoles de nuevo confianza y esperanza, como la luz del faro de un puerto para iluminar a quienes han perdido el rumbo o se encuentran en medio de la tempestad. En comunión con el Papa Francisco somos conscientes de que la mayor misericordia es decir la verdad con un amor misericordioso, que atrae y une, que transforma y eleva, y que invita a la conversión.

 

Todo esto se traduce en siete grandes retos que tiene que afrontar la Iglesia como comunidad de la que todos formamos parte responsable y protagonista. El reto de guiar a los novios en el camino de preparación al matrimonio, el reto de acompañar los primeros años de la vida matrimonial, el reto de preocuparnos por quienes viven en matrimonio civil o simple convivencia, el reto de cuidar de las familiar heridas, formadas por separados, divorciados no vueltos a casar, divorciados vueltos a casar, y familias monoparentales, el reto de la atención pastoral hacia las personas con orientación homosexual, el reto de la transmisión de la vida y de la disminución de la natalidad y, finalmente, el reto de la familia en la educación de los hijos y .en la evangelización. Todo esto se nos puede hacer muy superior a nuestras simples fuerzas. Pero no estamos solos. Dios está con nosotros. Él nos guía. Él nos dio a su hijo en la familia de Nazaret para que siempre caminemos con esperanza. Como hemos escuchado en la segunda lectura El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él? Hoy, día de la familia, volvamos a mirar a Jesús transfigurado en el Tabor y experimentemos la certeza de que aunque a nuestro alrededor muchos proclamen la muerte de la familia, nosotros nos cimentamos en el amor que resucitó a Jesús de entre los muertos. Y esto nos llena de esperanza.

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