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Expulsados del Paraíso

El padre Ángel relata el horror de los refugiados ante la violencia yihadista en Irak

 

El fundador de Mensajeros de la Paz viaja a Erbil y Mosul y clama por «acabar con esta masacre»

 

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(Jesús Bastante).- Quienes le tildan de protagonista tienen una buena ocasión para callarse. Los que piensan (pensamos) que es imprudente marcamos una nueva muesca en nuestro particular revólver de preocupación. Lo que nadie puede negar al padre Ángel García es que no siente miedo a acudir allá donde sufren los más débiles, sean cuales sean esas periferias.

Hoy, son los millones de desplazados, cristianos y musulmanes, que sufren la persecución de los brutales yihadistas del ISIL. Y es que el fundador de Mensajeros de la Paz se encuentra en Mosul y Kirkuk dando testimonio de cercanía, jugándose el tipo para hacer un llamamiento a la cordura y a la paz en el lugar donde en algún remoto momento se ubicó el Paraíso terrenal.

Hoy sólo queda muerte y destrucción. Y dolor, mucho dolor. Y, entre las ruinas, la esperanza, personificada en personas como el padre Ángel García, quien este viernes, desoyendo las recomendaciones de autoridades, amigos y colaboradores partió junto a Wallid -su sombra, el «Mc Guiver de Oriente Medio, capaz de conseguir cualquier cosa, por difícil que resulte, en ese avispero- a Kirkuk, Erbil y Mosul, respondiendo al llamamiento desesperado de los obispos del lugar y las autoridades kurdas.

«Acabamos de estar con monseñor Bashar Warde, el obispo de Erbil, y con el alto comisionado para los cristianos en Irak», nos cuenta, visiblemente emocionado, el sacerdote. La situación ha cambiado mucho, y para mal, desde aquella Nochebuena que ambos pasamos en el Kurdistán.

 

Entonces, y pese a que no existía tanta violencia y desgobierno, un coche bomba estuvo a punto de acabar con la vida del padre y sus acompañantes, y un falso control casi nos convierte en unos más de la larga lista de occidentales secuestrados.

Los campos de refugiados en la frontera con el Kurdistán están repletos, de hombres, mujeres y niños, y de miedo. Mucho miedo. La campaña de terror llevada a cabo por los yihadistas de ISIL, con crucifixiones, torturas, cabezas cortadas y bombas lapa, está en la mente de todos. Se han ocupado de que todos sepan hasta dónde son capaces de llegar.

Los cristianos de Mosul y Erbil están acogiendo a todos los refugiados, con independencia de su religión o procedencia. Una muestra de ese Evangelio de las periferias que predica Francisco y que el padre Ángel quiere hacer realidad sobre el terreno, aunque el peligro de dejarse la vida sea evidente. Pese al cansancio, el pater no olvida dejar la puerta abierta a la esperanza y la denuncia. «Hemos podido llevar ropa y material sanitario, a pesar de las dificultades, a los niños y huérfanos. No les vamos a abandonar».

 

«En Irak, después de más de diez años, seguimos viviendo una guerra que nunca debería haber existido, aumentado por el miedo, mucho miedo, de no saber qué está pasando por los múltiples atentados, que se dan todos los días», resume el padre Ángel. «Nos lo decían el obispo y el alto comisionado: el dolor no es la lucha, la guerra de religiones, sino la lucha de los políticos. Falta diálogo, y más diálogo, sin desfallecer, como dice el Papa Francisco».

 

La radiografía, necesariamente rápida -no es muy seguro hablar por teléfono con Occidente desde ese rincón del mundo-, por otro lado, es desoladora: «Los cristianos están marchándose de Bagdad. En Mosul, donde hace siete años celebrábamos misa, donde durante 1.600 años se han celebrado ininterrumpidamente misas, ahora se dejan de celebrar. Las iglesias están vacías, faltan religiosos y sacerdotes».

«Sólo en estos días han llegado a Erbil 20.000 refugiados huyendo de la violencia», nos cuenta el padre Ángel. «He visto el dolor, las lágrimas, del obispo, pidiendo soluciones y ayuda para construir iglesias y escuelas».

Dolor, esperanza y solidaridad. Desde Erbil «pudimos hablar con el vicepresidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Carlos Osoro, que nos ofreció su apoyo. Seguimos creyendo y pidiendo a los políticos, a todas las partes, que dialoguen para acabar con esta masacre».

Mensajeros de la Paz trabaja codo con codo con la Media Luna Roja, especialmente con los refugiados, muchos de ellos niños, que seguramente no han vivido otra realidad que la del odio y la de la violencia. Difícil construir un mundo nuevo con estos mimbres, pero aún así gracias a la imprudencia, casi suicida, de personas como el padre Ángel, conocemos de primera mano el sufrimiento, la violencia… y las briznas de esperanza que siguen brotando en el Paraíso perdido.

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