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El esfuerzo siempre merece la pena, cuando tiene un sentido realizarlo.

Se acaban las vacaciones y volvemos a la rutina del trabajo o del ocio, según le vaya a cada uno. Me apena pensar el poco provecho que las personas sacan de sus capacidades. Intentare explicarme. Observo en las personas jóvenes, sobre todo, un culto casi fanático al cuerpo. Se diría que su vida pasa por esta dependencia fetichista a la que tantísimo sacrificio le dedican. El objetivo es: perder peso, broncearse, lucha entre el pelo y el cloro de la piscina, vestidos adecuados a cada momento y todo tipo de complementos que no merece la pena mencionar  no sea que diéramos alguna pista innecesaria. Los adulto y los mayores, también tienen sus neuras.

 

Está claro que la parte espiritual del ser humano no importa casi nada. Muy pocos se plantean, ¿Qué hago en esta vida? ¿Para qué he venido? Qué se espera de mi?  Se hace muy difícil establecer un objetivo secundario cuando nuestro objetivo principal, el yo como persona, no ha sido analizado, aprobado y puesto en práctica. Curiosamente esta casuística, se da en todos los estamentos, es decir, desde los que cuidan su cuerpo exteriormente a los que, sin tener conciencia, actúan con notable moralidad. En ambos casos, tan dispares, se hace un esfuerzo cuyo límite está marcado por la indefinición del, modelo de vida, que toda persona quiere asumir. Posiblemente los lectores que me siguen no son de los que dirían ¡qué horror¡ ¡yo soy libre y hago lo que quiero¡ y ¡no digamos con mi cuerpo¡.

Cuando llegue el momento en el que se agoten las prohibiciones que nos imponen los poderes públicos, ocurrirá lo mismo que cuando se terminan los agujeros a penetrar sexualmente en el ser humano, es decir, un caos y una frustración difícilmente soportable. Hacia el único estado al que se va, es, el de la depresión.

Los esfuerzos que realice una persona deben estar coordinados  y soportados por unos valores personales morales que por suerte, ni se compran ni se venden, se adquieren voluntariamente en la infancia y se desarrollan en el proceso vital de cada uno. Dediquemos nuestros esfuerzos a causas por las que tengamos muy seguro que conseguiremos un  éxito. Esto, únicamente sucederá en el momento en el que nos propongamos, seriamente, crecer como persona. Este debe ser el deseo nuclear que solo, con la ayuda espiritual,  nos permitirá conseguir una vida lograda.

El esfuerzo siempre merece la pena, cuando tiene un sentido realizarlo.

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