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De la Cuba de San Juan Pablo II a La Cuba de Papa Francisco.

El primero se hizo «legitimar» por Wojtyla; el segundo da le da un papel político. Es otra Revolución

Dentro de esa pequeña habitación llena de preciosos adornos, en la que Francisco y Raúl se entretuvieron durante casi una hora, en la que hablaban un español sin sibilantes y en la que reconocían una identidad común, en medio de ese silencio obligado por las normas del protocolo sabían muy bien que no estaban solos: allí, al lado, estaba, aunque plegada por los años, la sombra de ese otro gran viejo, Fidel. Pero esa sombra, un poco en los primeros minutos y después mientras iban pasando los minutos, se fue desvaneciendo; tal vez seguía presente por la inercia de una memoria latente aunque muda (¡fue increíbe que Raúl reconociera «los errores» del régimen en cuanto a los derechos humanos!).

 

Hoy, Cuba ya no es la misma Cuba que vio llegar a Papa Wojtyla ni la Cuba en la que Fidel se inclinó ante su presencia, sin su uniforme de guerrillero eterno; él, el comunista de la revolución utópica, y el otro, cazador despiadado de los comunistas reales. Aquella Cuba ya se encontraba en el “periodo especial” a la que la había arrojado el abandono de Moscú, pero Fidel seguía siendo el Líder Máximo, siempre orgulloso, siempre “todólogo”, pero extraordinariamente feliz de aquella legitimación que el Papa polaco estaba transmitiendo a un régimen lleno de grietas y fallos. Esa inclinación profunda ante el viejo Papa tenía dos significados, que vinculaban al hombre público con el antiguo estudiante del colegio de los jesuitas: Fidel se inclinaba agradecido, como líder de una revolución benignamente legitimada en medio de una tormenta, pero también se inclinaba al líder de la Iglesia sobre cuya doctrina había configurado las raíces de su pensamiento político.

 

Desde entonces se entrelazaban los primeros diálogos entre la Revolución y la Iglesia de la Virgen del Cobre, pero era una conversación reservada, en la que el cardenal pedía la autorización para llevar en procesión por las calles de la isla la estatua milagrosa. Todos sabían, pero nadie lo decía, que se negociaba sobre la procesión pero se trataba de política. Fue el máximo: Fidel detestaba la perestroika y la glasnost, y, aunque buscaba apoyos para salir de una crisis dramática, no pretendía opacar la pureza de su poder, rígidamente basado en el principio de que el Partido comunista cubano era el único garante del proceso político nacional-revolucionario. Él y el Partido de la Revolución, uno y trino, sin otros que pudieran contaminar esta unidad de fe y de poder.

 

 

Hoy, con Raúl, el mundo es completamente diferente. Aunque el partido siga momificado en su papel de garante único de la revolución-régimen, hay un tiempo nuevo que ha perdido el recuerdo del anti-imperialismo yanqui, que sufre un turismo dolarizado en el que se pervierten las costumbres y las fidelidades ideológicas, que revela a una sociedad en general plegada a una sdhesión rutinaria del castrismo; este tiempo ha impusto cambios que se van haciendo casi genéticos, por lo menos en la medida en la que la cúpula de la Revolución pudiera permitirse modelos nuevos. En este escenario, todavía sin partidos, la Iglesia católica puede, una vez más, ofrecer una ayuda a este tiempo nuevo y a sus necesidades, revistiendo públicamente, a la luz del sol, ese papel político que Fidel no quiso concederle. La Iglesia no es un partido, pero es la única institución que funge hoy como único intermediario entre el régimen y la sociedad cubana: es un interlocutor político sin ser una estructura política, es la voz creíble de “otro” pensamiento sin ser voz de la disidencia, es, en suma, la llave que abre la puerta a un sistema político prisionero de su dogma doctrinario.

 

En la época de Fidel y de la visita del Papa polaco, Raúl estaba alejado de los reflectores, en fila anónima con los dignatarios del régimen. Ahora, en el tiempo de del histórico apretón de manos de Raúl con el Papa argentino, Fidel es una sombra que se va desvaneciendo, mientra va llegando a La Habana una nueva estación política. La Revolución hace la revolución.

Mimmo Cándito  en VATICAN INSIDE.

 

El análisis de Andrea Tornielli: la ayuda de la Iglesia para el “deshielo” entre los Estados Unidos y Cuba

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