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«¡Claro que la política debe subordinarse a la religión!»

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Morir bajo tu cielo es una de las grandes novelas de 2014. Juan Manuel de Prada aborda en ella cuestiones como la pérdida de la razón de ser histórica de España, a la que, sin la fe católica, «ya sólo le queda deshacerse»

«España ha traicionado su razón de ser», ha dicho usted al presentar su nueva novela, Morir bajo tu cielo. ¿Por qué?

Ante la pérdida de Filipinas, se plantea, en particular, el sentido y la misión de España, a la que, al haber perdido su razón de ser histórica, su fe, ya sólo le queda deshacerse. Y está presente el tema del odio antiespañol, que siempre he considerado un odio religioso. Masónico o no (la leyenda negra es anterior a la masonería), el odio antiespañol nace como odio religioso en los países protestantes. Son temas, a mi modo de ver, que tienen mucho que ver con la situación en estos momentos en España. Defender, por ejemplo, la permanencia de Cataluña en España sin la cuestión religiosa, me parece grotesco. Apelar a razones económicas para la unidad nacional es como de chiste.

¿No se puede defender la unidad de España desde la Constitución?

La Constitución española es un apaño. No se entiende lo de nación y nacionalidades; no se entiende ese «todos tienen derecho a la vida»… La Constitución española es un cambalache, en donde tendencias inconciliables acordaron un texto de mínimos, que después ha sido superado por los acontecimientos.

La dura realidad es que el orden constitucional español es totalmente ajeno a la fe católica, y diría incluso que hay una cierta aversión. Y yo, al margen de la fe, no acabo de entender en base a qué se puede defender la unidad nacional. Defenderla con razones económicas me recuerda a cuando, de niño, yo decía que quería ser escritor, y me advertían que de eso es muy difícil vivir. Ante argumentos así, me daba cuenta de que no había ninguna razón de peso para no hacerme escritor. Y perseveré… Yo creo que con Cataluña pasa algo similar.

El odio religioso, el odio antiespañol, creo además que tendría que hacer que los católicos nos cuestionáramos el discurso oficial en temas como nuestra pertenencia a Europa, porque, al final, España se ha convertido en un lacayo de las naciones que nos han odiado y nos siguen odiando, fundamentalmente, por razones religiosas.

Ha dedicado usted varios de sus últimos artículos a Donoso Cortés. ¿Cuál es la actualidad de este personaje?

Bueno, en contra de lo que se dice hoy, incluso en sectores eclesiásticos, sí existe una política católica. Esto de que las cuestiones políticas son opinables y de que al César lo que es del César, creo que se interpreta de una manera demencial y contraria al sentido evangélico. En el Evangelio, aprendemos que el poder tiene un origen divino. Así se lo recuerda Jesucristo a Poncio Pilatos. Pío XI instituyó la festividad de Cristo Rey para recordar a los católicos que ellos tienen que defender que el poder tiene un origen divino, y que, por tanto, los gobernantes deben reconocer la realeza de Cristo sobre el universo y sobre las naciones.

Pensadores como Donoso Cortés, Balmes o Menéndez Pelayo, en un momento en el que incluso en el propio ámbito católico se aceptan teorías (a mi modo de ver nefastas) como la del mal menor a la hora de votar, creo que nos plantean la necesidad de recuperar la conciencia de que sí existe una política católica, que naturalmente nada tiene que ver con esa teocracia entendida al modo mahometano. La Iglesia siempre ha reconocido la autonomía de las realidades temporales y de la política, pero la política tiene que estar subordinada, naturalmente que sí, a la moral y a la religión.

¿Cómo ve la relación entre la Iglesia y la democracia?

Aquí el problema es qué se entiende por democracia. Para hacer gobernables las naciones, es necesaria la participación popular, y eso debe arbitrarse a través de una representación política. Y cuanta más participación de la gente, mejor. En eso vamos a estar todos de acuerdo. El problema es que la democracia no se concibe sólo como una forma de gobierno. La democracia hoy es un fundamento de gobierno, según el cual, a través de la mayoría, es lícito subvertir la ley divina y la ley natural. Esto, naturalmente, no lo puede defender ni la Iglesia, ni ninguna persona con sentido común. Si en un país hay una mayoría que está en contra del derecho a la propiedad, o apoya exterminar a un grupo de personas, es una locura. Pero es esto lo que se entiende hoy por democracia. La democracia como religión, según la cual lo que diga la mayoría es dogma de fe, es algo contrario a la razón y al sentido común.

Otro gran asunto que aborda Morir bajo tu cielo es el fariseísmo…

Es un tema que me interesa mucho. Yo creo que uno de los problemas más graves que tiene hoy el mundo católico es su paulatina protestantización. Se empieza diciendo: Reconozco mis pecados, pero no necesito confesarlos, y se termina justificando todas las faltas: Yo no soy lujurioso; lo que pasa es que las mujeres son muy guapas y todas se me ofrecen… Es lo más natural del mundo, tender a justificarse a uno mismo. Pero es un peligro, un veneno. Del mismo modo que es un veneno el no darnos cuenta de que la salvación va dirigida a pecadores, y que, por lo tanto, al católico no le tiene que importar lo que una persona haya sido en el pasado, sino lo que es ahora, porque, mediando el arrepentimiento, esas faltas y pecados han sido borrados. Todas estas cuestiones están muy presentes en la novela.

Llama también la atención el tratamiento en la novela del amor humano, con amores posibles y amores imposibles, todos desgarradores.

Yo creo que, en una época como la nuestra, en la que estamos cada vez más acostumbrados a juzgar a las personas con apriorismos ideológicos, es importante que el escritor se fije en el ser humano concreto, a veces sometido a fuertes contradicciones y conflictos interiores. A partir de ahí, yo he procurado presentar en esta novela una galería de personajes (exceptuando el personaje del holandés, que es una especie de alegoría del mal) que se mueven entre lo más noble y lo más vil, con diversas gradaciones y evoluciones.

¿Son redimibles los personajes?

Claro. Sin eso, no hay posibilidad de drama. El drama funciona precisamente porque el mal está presente en tu vida, y tú luchas contra el mal, y lo puedes vencer, aunque puedes también sucumbir. Esto es el drama. Y en esto se ha fundado el arte desde que el mundo es mundo, salvo en esta época nuestra post-cristiana, en la que el drama ha desaparecido del arte, bien porque se niega la existencia del mal, bien porque el mal se pone a la misma altura que el bien. Por eso, en vez de arte, en Occidente, lo que hay ahora son productos de consumo. Las artes pictóricas se han convertido en artes decorativas para descansar la vista, y la literatura se ha convertido en un entretenimiento, pero sin capacidad para interpretar el mundo.

¿Cuáles son sus próximos proyectos?

Voy a escribir una novela sobre la relación entre un joven escritor, lleno de ilusión, y un veterano, ya maduro y un poco de vuelta de todo. Y tengo también un proyecto de hacer una serie de episodios nacionales, siguiendo a algunos personajes de Morir bajo tu cielo, como sor Lucía, o Enriquillo.

Usted tiene un público muy fiel, pero hay muchas personas que, por cuestión de prejuicios, jamás se plantearían leer un libro suyo.

Contra los prejuicios no se puede luchar, porque precisamente son prejuicios, no interviene el juicio, sólo la ideología. Hace poco me escribía un lector: «Yo a usted durante mucho tiempo le he odiado, y un día me puse a leerlo, y me he dado cuenta que no hay un escritor que defienda tanto a los trabajadores como usted. Como todo el mundo decía que usted es un….» Son cosas demenciales contra las que no puedes luchar.

¿No cree usted en el Atrio de los gentiles?

Sí, yo creo que hay que predicar a los convencidos y a los no convencidos. Lo que no hay que hacer es llegar a cambalaches, porque entre la verdad y el error no existe un punto medio. Yo creo que el drama de nuestro tiempo tiene mucho que ver con la libertad de opinión, pensando que todo es opinable. Vemos una palmera, y nos ponemos a discutir sobre si pertenece al reino vegetal o animal. Es decir, si un católico, para entenderse con un ateo, tiene que negar que Cristo es Dios, no tiene ningún sentido. Y yo creo que la Iglesia afronta hoy el riesgo de dejar de hablar de verdades recibidas como la resurrección de la carne. Tratar de adaptar las realidades de la fe a los movimientos filosóficos o a los usos sociales, o a la estética de cada tiempo, lleva a conclusiones catastróficas, como la pérdida de fe en la transustanciación, algo, sin ir más lejos, que se percibe en el debate sobre la situación de los divorciados vueltos a casar. Eso provoca pérdida de fe en la gente sencilla. Por otra parte, creo que el poder irresistible de nuestra fe está precisamente en su profunda coherencia. El dogma católico es perfectamente coherente. Chesterton utilizaba la metáfora de una cerradura, donde encaja una llave, que es la que hace que todo eso tenga sentido. En el momento en que empiezas a quitar piezas, desaparece el atractivo.

¿Una fe a la carta?

Hay mucha gente obsesionada hoy con la pluralidad dentro de la Iglesia. Y la pluralidad está muy bien. Lo que pasa es que, en las edades doradas de la Iglesia, esas muchas maneras de ser católico venían marcadas por la pluralidad de los carismas; es decir, había una adhesión profundísima e inquebrantable al depósito de la fe, y desde esa visión, la manera de encarnar esa fe en la realidad era infinita. Hoy en día, a la Iglesia se le pide una pluralidad de sensibilidades. Aparte de que esto es un término filosóficamente inaceptable, porque la fe y la sensibilidad son cosas que nada tienen que ver, el problema es que, con esto de las sensibilidades, lo que se quiere decir es que no hay que adherirse totalmente al depósito de la fe, sino que esto es una especie de tienda de gominolas, donde uno va cogiendo las que le apetecen, y aparta las que no.

Yo quiero católicos muy plurales. Lo que me fastidia es que, entre los católicos, haya acuerdo en cosas que tendrían que ser totalmente discutibles, y desacuerdo en las cosas que tendrían que ser el núcleo de la fe compartida. Esto es algo sobre lo que tendríamos que reflexionar, y que creo que tiene mucho que ver con la esterilidad que hoy percibo muchas veces en la Iglesia.

Una cosa que me empieza a molestar mucho es el aplauso del mundo a la acción social de la Iglesia. Donoso Cortés advertía de que el Estado intentaría convertir a la Iglesia en un gran capataz dedicado a obras sociales. La Iglesia no tiene que dejarse acunar por el aplauso del mundo. La Iglesia convertida en una ONG… esto es peligroso. Yo, en esta novela, trato de mostrar (sobre todo a partir de los personajes de sor Lucía y de fray Cándido) a personas muy heterodoxas, muy poco previsibles en su desenvolvimiento en el mundo, gentes además de armas tomar, pero ortodoxos en su fe. Y creo que la Iglesia tiene que recuperar este concepto de ortodoxia, porque, al final, no nos engañemos, la heterodoxia en lo fundamental nos ha convertido en personas muchísimo menos atractivas a los ojos del mundo.
Jaime Noguera/Ricardo Benjumea

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