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“Amor a la Eucaristía, perdón y misericordia”

“Dichoso, en verdad, aquel a quien le es dado alimentarse en el sagrado banquete y unirse en lo íntimo de su corazón a Aquel cuya belleza admiran sin cesar las multitudes celestiales… cuya fragancia retornará los muertos a la vida y cuya visión gloriosa hará felices a los ciudadanos de la Jerusalén celestial”, así recita el Oficio de lectura de la memoria litúrgica de Santa Clara de Asís, que como cada 11 de agosto, la Iglesia celebra la fiesta de la Patrona de la televisión, de las telecomunicaciones y de los clarividentes, además, fundadora del Orden de las Clarisas.

Amor a la Eucaristía

Santa Clara, cuyo nombre significa “vida transparente”, fue gran amiga de San Francisco de Asís. Desde muy pequeña fue dotada de innumerable virtudes, su vida entera está centrada en Cristo. Su pensamiento y su corazón están radicados en Él. Su existencia es una intrépida y constante búsqueda de la máxima intimidad y de la más perfecta imitación de Cristo. Este dinamismo profundo que la impulsa a la unión íntima y total con el Señor la llevó necesariamente al lugar privilegiado del encuentro y de la comunión: la Eucaristía. Clara es, de hecho, junto con Francisco, su padre y amigo, uno de los testigos privilegiados de la piedad eucarística de principios del siglo XIII.

Aunque las fuentes de la vida de Santa Clara raramente aluden a este tema, una profunda devoción eucarística animaba el monasterio de San Damián. El ejemplo de San Francisco, por lo demás, permanecía vivo ante sus ojos. La devoción del Pobrecillo al Cuerpo de Cristo era tan intensa que constituía como el centro de su vida con el Señor. En su primera Admonición confiesa: «Y como se mostró (Cristo) a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan consagrado. Y como ellos, con la mirada de su carne, sólo veían la carne de él, pero, contemplándolo con ojos espirituales, creían que él era Dios, así también nosotros, viendo el pan y el vino con los ojos corporales, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero» (Adm 1,19-21).

La importancia de las mujeres en la vida de la Iglesia

Al respecto, el Papa Benedicto XVI, en la Audiencia general del 15 de septiembre de 2010, comentó que la vida de Santa Clara constituye un ejemplo de la importancia de las mujeres en la vida eclesial. “Su testimonio nos muestra cuánto debe la Iglesia a mujeres valientes y llenas de fe como ella, capaces de dar un impulso decisivo para la renovación de la Iglesia”. Por ello, desde aquella noche del domingo de Ramos de 1211, en la que Clara renunció a la nobleza y a las riquezas para llevar una vida humilde y pobre, se convirtió en la virgen esposa de Cristo en la pequeña iglesia de la Porciúncula. “Como Clara y sus compañeras, innumerables mujeres a lo largo de la historia se han sentido atraídas por el amor a Cristo que, en la belleza de su divina Persona, llena su corazón. Y toda la Iglesia, mediante la mística vocación nupcial de las vírgenes consagradas, se muestra como lo que será para siempre: la Esposa hermosa y pura de Cristo”.

Perdón y misericordia

Para Clara, sobre todo al principio de su experiencia religiosa, Francisco de Asís no sólo fue un maestro cuyas enseñanzas a seguir, sino también un amigo fraterno. La amistad entre estos dos santos constituye un aspecto muy hermoso e importante de la vida ascética. Camino, como recuerda el Papa Francisco en su discurso a las religiosas de clausura en la Capilla de la Basílica de Santa Clara el 4 de octubre de 2013, inicia y pasa necesariamente por Jesucristo. “Por este camino sucede lo contrario de quien piensa que ésta será una ascética religiosa de clausura. Cuando va por la senda de la contemplación de Jesucristo, de la oración y de la penitencia con Jesucristo, llega a ser grandemente humana. Las religiosas de clausura están llamadas a tener una gran humanidad, una humanidad como la de la Madre Iglesia; humanas, comprender todas las cosas de la vida, ser personas que saben comprender los problemas humanos, saben perdonar, saben pedir al Señor por las personas”.

En un tiempo marcado por la violencia, la contemplación de la realidad, el perdón y la misericordia adquieren actualidad y exigen una respuesta adecuada. En este sentido, el Papa Francisco recuerda que la vía maestra es ciertamente la del perdón. Visitando la Porciúncula, con ocasión del VIII Centenario del Perdón de Asís, el Obispo de Roma invitó a recorrer este camino para lograr la paz y un puesto en el Paraíso. “Y aquí, en la Porciúncula, todo habla de perdón. Qué gran regalo nos ha hecho el Señor enseñándonos a perdonar  – o, al menos, tener el deseo de perdonar – para experimentar en carne propia la misericordia del Padre”.

En este Año Santo de la Misericordia, concluye el Papa, es todavía más evidente cómo la vía del perdón puede renovar verdaderamente la Iglesia y el mundo. “Ofrecer el testimonio de la misericordia en el mundo de hoy es una tarea que ninguno de nosotros puede rehuir. Repito: ofrecer el testimonio de la misericordia en el mundo de hoy es una tarea que ninguno puede rehuir. El mundo necesita el perdón; demasiadas personas viven encerradas en el rencor e incuban el odio, porque, incapaces de perdonar, arruinan su propia vida y la de los demás, en lugar de encontrar la alegría de la serenidad y de la paz”.

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