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10 Aniversario muerte de San Juan Pablo II «Pasión por el hombre»

Karol Wojtyla, antes de ser Juan Pablo II, veía en el

hombre más que nada una gran pregunta sobre la trascendencia.

La trascendencia, por ser el centro hacia el

cual tienden el pensamiento y la acción de la persona

humana, integra el ser en el ser alguien; gracias a ella el

hombre es él mismo.

La trascendencia se expresa en la experiencia moral. En

ella, el hombre se aparta de las normas que se agitan en

la pared de la caverna y con todo su ser se dirige hacia

las cosas infinitamente lejanas… Justamente a partir de la

reflexión sobre la experiencia de este llamado a conversión,

Karol Wojtyla comenzó a pensar en la persona humana.

La trascendencia no forma parte del paisaje de la pregunta;

pero este la exige. Sin la trascendencia no existiría

un paisaje, sino únicamente un conjunto de cosas casuales

demasiado cerca de las manos del hombre como para

poder constituir el sentido de su ser. Si la trascendencia

se identificara con alguna de esas cosas, también ella

requeriría una integración. Sobre la trascendencia solo

puede existir la pregunta.

La trascendencia anuncia al hombre que él es también

más allá… Mientras lo llama a lo que está más allá, lo

llama hacia ella y hacia sí mismo. Por consiguiente, en

este diálogo el hombre se convierte… en otro. Dicho de

otra manera, el amigo de la sabiduría se convierte cotidianamente.

En la metanoia de su ser se realiza lo que

el cardenal Wojtyla llamó la integración de la persona a

través de la trascendencia.

En la experiencia del imperativo moral —y no en tal o

cual sistema de pensamiento— se revela la verdad de la

persona humana. Es la libertad, pero no cualquier forma
de libertad ni un capricho, sino aquella que es amor y

responde al amor. En la experiencia de la libertad obligada

a un acto de amor, el hombre descubre ser palabra pronunciada

por algún otro antes que él mismo haya podido

decir cosa alguna. La persona humana puede ser palabra

llena de sentido porque en ella está presente la palabra de

amor, que todo lo da antes de recibir.

La palabra que es el hombre al cual el amor ha hecho su

anuncio se convierte en pregunta sobre su trascendencia.

Esta transformación se produce en el momento en que el

hombre comprende su incapacidad de ubicarse con sus

propias fuerzas en un paisaje dotado permanentemente de

sentido, que no se desintegra ante el sufrimiento y la muerte.

La pregunta sobre la trascendencia libera al hombre de

la inmanencia del paisaje. La trascendencia no da al hombre

regla alguna de comportamiento; solo se da a sí misma.

El hombre, fascinado con el más allá de la trascendencia,

sabe hacia dónde debe dirigirse y se siente culpable si no

crece en esa dirección. Por consiguiente, mientras más se

convierte, más pecador se siente. Y así debe ser, porque de

lo contrario el más allá no sería trascendencia.
La trascendencia está presente en la libertad del hombre

como “per procura”: de ella emana una luz que hace surgir

del caos de la oscuridad la verdad de las cosas. Con esta

luz, las cosas adquieren importancia, a pesar de su carácter

provisorio, y así el hombre no puede no amarlas y al mismo

tiempo puede amarlas de acuerdo a la justicia. La verdad

de las cosas protege su libertad de la degeneración que es

el capricho. El amor inspirado en la justicia hace justo al ser

libertad del hombre, lo justifica. A veces debe justificarlo

con la misma muerte.

Si trabaja en la tierra, en justa libertad, es decir, ante

la trascendencia, el hombre cultiva su ser como cultiva

el ser del mundo. Lo cultiva como el campesino cultiva

su propio campo. Lo cultiva por el grano lanzado en la

tierra con la esperanza de la cosecha. Este trabajo en espera

de los frutos es lo que Karol Wojtyla —y luego Juan

Pablo II—llama cultura. La falta de cultura del hombre o

la sociedad muestra cómo ambos están dominados por

el capricho. El capricho nunca es creador de cultura; de

hecho, no va más allá de la comodidad y el placer.
Nunca vemos directamente el ser de la persona, el

diálogo de su libertad que responde al Amor de la

trascendencia. La persona oculta su propia intimidad

a sí misma hasta el punto de tener que llegar incluso a

adivinarla. Todo cuanto se revela de aquello en los gestos,

que solo podemos explicar con el ser de la persona

que responde al más allá de la trascendencia, nos conduce

a la intimidad del mismo modo como las huellas

conducen a los cazadores, en la espesura del bosque, a

la madriguera del animal. La historia del diálogo del

hombre con el hombre, que se descifra en estos gestos,

solo nos permite adivinar la historia del diálogo que

en la intimidad de la persona humana se da con Aquel

que es “intimior intimo eius”, sin el cual la intimidad

no sería intimidad.

Para Karol Wojtyla, las acciones humanas representan

una realidad simbólica, que remite al hombre a la trascendencia,

obligándolo a caminar en dirección a ella.

Cada acción requiere un lenguaje específico, el mito,

que manifieste su condición de miniatura de la historia

de la caída y la esperanza del hombre de recuperar la

justicia primordial.

Dios mismo, en la alianza con el pueblo y a través de

él con todo ser humano personalmente, solo revela de sí

aquello sin lo cual los hombres no serían capaces de responder

a su divinidad propuesta. Les revela todo cuanto

los obliga a convertirse en lo que son, nada más.

A través de la trascendencia se interpretan las acciones

del hombre y a través de la misma debe interpretarse

también su ser, del cual proceden las acciones (“agere

sequitur esse”). El ser del hombre tiene principio y fin,

nacimiento y muerte. Cuando el hombre se encuentra

ante la trascendencia, sobre todo al enfrentar la muerte

y el sufrimiento que la acompaña, un gran signo de interrogación

se dibuja en su experiencia del imperativo

moral. ¿Tiene acaso sentido una libertad humana justa

si la misma —y no el capricho— debe sufrir y tanto el

capricho como la libertad son presa de la muerte? La
muerte y el sufrimiento han elevado al hombre a un

nivel más allá de la ética, donde solo la trascendencia

puede dar respuesta a su pregunta sobre el propio ser,

que se ha convertido en “magna quaestio”. En su propia

naturaleza, el hombre no lee la respuesta, sobre todo

aquella que desea.

En la experiencia del imperativo moral, Karol Wojtyla

“leyó” el texto particular que es la naturaleza del ser personal.

Si no existiera ese texto, el hombre carecería del

principio de acción. Por el contrario, habiéndose convertido

en pregunta sobre el principio del ser hombre como

tal. Solo al existir esta pregunta nace la antropología.

Job, aquel pagano de la tierra de Hus, sabía leer la naturaleza

de su persona. Era un intelectual en el sentido

profundo del término (de “intus-legere”). Al vivir del

don de este “texto” y no de hipótesis, había evitado el mal

cuando su vida estaba iluminada por la estrella del éxito.

La forma exterior de sus acciones no era diferente a la de

sus amigos. Solo cuando fue víctima de la desventura, y

con ella del sufrimiento y la muerte, se vio que Job había

leído al hombre y al mundo; ellos, en cambio, solo leían

sus propios pensamientos. Su amistad con Job era formal,

porque no comprendían los aspectos fundamentales vinculados

al principio y al fin. Él, por el contrario, los gratificaba

con esa amistad con la cual les decía defenderlos

de sí mismos. Ni siquiera se sintió frustrado, aun cuando

lo hería lo que ellos decían. En realidad no era fiel con lo

que sus amigos eran, sino con lo que debían llegar a ser. Al

convertirse en “magna quaestio” para sí mismo, también

se convirtió en eso mismo para ellos.
Encerrados en sus propios pensamientos, los amigos

de Job no comprendían que el “texto” escrito por Dios

en el hombre es el texto de una libertad laboriosa y un

nacimiento difícil. Los había espantado la vehemencia

de las preguntas arrojadas a Dios por Job. Según ellos,

Job profería blasfemias contra Dios. No pensaron ni

siquiera un instante que Job podía estar defendiendo

a Dios de sus pensamientos impíos sobre él. Así de

grande era la idolatría de sus razonamientos teológicos,

construidos en la soledad y por consiguiente al margen

del diálogo con Dios.

Los razonamientos teológicos idólatras ofenden a Dios

y anulan al hombre. Quien experimenta su influjo pierde

la capacidad de compartir el pensamiento con otros.

Nada tiene de extraño, por lo tanto, que esa persona no

sea capaz de vibrar con la muerte y el sufrimiento de los

demás. ¿Por qué?

Solo es posible compartir el sufrimiento y la muerte de

otro hombre si se piensa junto con él en la perspectiva

de la trascendencia, que es común a todos. Es condición

del diálogo la lectura del mismo texto. Para poder leer

la naturaleza del hombre y no el propio pensamiento

sobre un argumento, es necesario llegar al ser concreto

del hombre, es decir, a su persona. Tenemos que llegar a

nuestro deseo de trascendencia, que nos vuelve “capaces

Dei”. La persona se une con el amor y su deseo se comprende

solo a la luz de la esperanza. Solo creyendo en

Dios es posible creer en la persona del hombre sin correr

riesgo de desilusionarse. Quien lee la naturaleza de la

persona de este modo participa en su difícil nacimiento.
Recordemos que la palabra naturaleza viene del latín

“nascor”, yo nazco, cuyo participio futuro señala algo

que debe nacer.

Los amigos de Job no captaron la naturaleza de la

persona humana porque habían prescindido de la experiencia

del sufrimiento y la muerte. Seguían pensando

al margen de la esperanza, por lo cual, en vez de leer la

naturaleza del propio ser junto a Aquel que la escribe,

creaban monólogos. Su racionalismo les impedía ofrecer

algo a Job. A este no le interesaba el intercambio de

opiniones, sino el diálogo con los dones, que para él

habrían sido sus palabras, si hubieran estado dotadas

de la presencia de ellos. Para él eran inadmisibles las
palabras vacías. Sus palabras, en cambio, estaban llenas

de su presencia y por eso Dios podía recibirlas.

En el pensamiento ético de los amigos de Job había

una separación entre la ética y la salvación, porque no

conocían el don. En su razonamiento, cada uno de ellos

construía una especie de monólogo ético y en cada monólogo

había una adaptación de Dios, en la cual Él se

convertía en un ídolo. Toda idolatría es producto de una

ética que, al no basarse en el ser de la persona como deseo

de trascendencia, sino en las pasiones que la acosan,

busca un modo más allá de lo ético para adaptarse a la

conciencia del hombre.

Al encontrarse en el rayo de luz emitido por el sufrimiento

y la muerte, Job comprendió la insuficiencia

sustancial de una ética no inspirada en la lectura de

objetivos sobrehumanos en la naturaleza del hombre,

es decir, en la lectura en la misma de la presencia de la

trascendencia que la integra. Esto no significa que Job

no reconociera la necesidad de una ética; más aún, fue

precisamente en ese momento que la misma adquirió

importancia para él. Sin embargo, mientras encontraba

en sí mismo las respuestas a las preguntas éticas, debía

buscar la Salvación fuera de sí. Y justamente a la luz

de la misma, Job, tan regido por la ética en su vida, se

convirtió en pregunta. Si no hay respuesta para la pregunta

soteriológica, no tienen sentido las respuestas a

las preguntas éticas: son puro moralismo.

La pregunta por la salvación determina el ser o no ser

del paisaje de las preguntas éticas, aun cuando no se ubica

dentro de ese paisaje. La pregunta sobre el Don sitúa las

preguntas éticas en un paisaje dotado para siempre de

sentido. El hombre decide su destino en la medida que

vive la esperanza, que le permite llegar hasta donde se

inclina su deseo.

El pensamiento de Karol Wojtyla no se limitó a las preguntas

éticas, porque en él había conciencia del hombre,

es decir, de su vínculo personal con Dios, que confía la

verdad y el bien a su libertad. En sus preguntas éticas
está presente la pregunta sobre la trascendencia de la

persona humana. Esas preguntas configuran el paisaje

de las acciones de la persona humana integrada por la

trascendencia y cada una de ellas es respuesta del hombre

a su llamado categórico y no verificación de efímeras

hipótesis éticas.

No debe sorprendernos, por lo tanto, la facilidad con la

cual, en el pensamiento de Karol Wojtyla, las preguntas

éticas se enlazan con la pregunta sobre la gracia. Junto

con la pregunta, forman un organismo en el cual la pregunta

sobre el pasado divino del hombre, que le permite

comprender su propio pecado presente, se enlaza con

la pregunta sobre su futuro divino, que le permite vivir

con la esperanza de recuperar todo lo que ha perdido. El

encuentro entre estas dos preguntas da comienzo a la antropología

que en lo sucesivo el cardenal Wojtyla llamará

antropología adecuada.

La antropología de Karol Wojtyla ha desembocado en

el pensamiento testimonio de Juan Pablo II. Me permito

señalar que de alguna manera él debía presentir hacia

dónde lo conduciría el camino que estaba recorriendo.

Karol Wojtyla ingresó como Juan Pablo II al ámbito de

Pedro, donde la “magna quaestio” del hombre se encuentra

con la “Magna quaestio” que es Cristo. El pensamiento de

Karol Wojtyla sobre el hombre, al volver permanentemente

a los fundamentos del ser y la acción, unido ahora a la

comunión de las personas encomendadas a él por Pedro,

vuelve “ad Christum Redemptorem”.

Con esa libertad que solo puede permitirse el amor

confesado tres veces a Cristo , Juan Pablo II habla de él

como respuesta divina a la pregunta del hombre sobre la

trascendencia del principio y el fin. Mientras rinde testimonio

a Cristo, no solo da testimonio de la Salvación,

sino también de la Creación que Dios llevó a cabo en su

Hijo. Juan Pablo II realiza una “reducción” sui generis

del hombre al Hijo de Dios. En él, como siempre repite,

se encuentra la realización y la defensa de la persona

humana. De hecho, Cristo fue enviado al hombre como
gran pregunta de Dios, que llama a la persona humana

al diálogo que la transfigura. Justamente piensa en ella y

a su Principio y Fin.

Los fundamentos éticos protegen al hombre del mal y

con el fundamento que es Cristo lo protegen de sí mismo.

Juan Pablo II, al rendir testimonio al acto de la creación,

da testimonio, a través de la fe, de la definición divina del

hombre, sin la cual no se puede hablar de verdad de su ser

y acción. Pensar significa buscar esta Definición con todo

el ser, ya que en ella se encuentra claramente la identidad

de cada hombre. El pensamiento que la crea es Dios mismo.

Por consiguiente, buscar la definición del propio ser

significa buscar en Él la propia realización, es decir, la Salvación.

Sería conveniente entender la definición de verdad

del conocimiento no tanto como “adaequatio intellectus

cum re”, sino como congruencia de la persona del hombre

con la naturaleza del ser conocido a través de la misma.

En esta acepción de la verdad, el conocimiento es amor

y el amor conocimiento. El hombre que busca semejante

verdad se convierte en ella y cada vez experimenta en

menor grado la presión que actúa fuera del diálogo entre

su libertad y la libertad de Dios. La antropología adecuada

protege al pensamiento humano del servilismo y a la

subjetividad humana de la invasión del mundo objetivo.

En el ámbito del testimonio de Pedro reside la verdad

del hombre, que lo salva. En este ámbito, el hombre,

que interroga a Dios sobre sí mismo, recibe a la persona

de Cristo. En él, la ansiosa pregunta del hombre por sí

mismo, madura en la pregunta de Dios. Misericordiosamente

orientada hacia la persona humana por el acto de

la Encarnación, la introduce en el diálogo que es su vida

interior. El diálogo con Dios libera a la persona humana

de todo aquello que no es Dios.

En la pregunta-testimonio dada a Cristo por Pedro, el

hombre aparece como un ser ya juzgado y que sabe a dónde

debe ir la pregunta de Pedro: “Señor, ¿a quién iríamos?

Sólo tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Un hombre

juzgado de ese modo ya no puede y debe juzgarlo todo.
Por consiguiente, no debe sorprendernos la decisión

con la cual Juan Pablo II recalca que ninguna voluntad

humana, por contar con determinada mayoría en su

apoyo, tiene derecho a decidir sobre la libertad del hombre,

es decir, sobre su conocimiento y su amor. Ninguna

voluntad humana tiene derecho a decidir sobre sus

derechos y deberes pues estos no tienen su origen en

la política, sino en una identidad pensada “en los cielos

antes de la constitución del mundo”. Nada puede decidir

sobre el nacimiento o la muerte del hombre concebido.

Este, de hecho, viene del más allá, donde no puede llegar

ni la capacidad de cálculo del intelecto humano ni la

habilidad técnica de sus manos. Allá de donde viene el

hombre y hacia donde va solo pueden llegar el amor y

la esperanza del hombre junto al canto que los expresa.

Solo puede haber cantos de amor y esperanza, pero no

se someten a votación.

Es imposible que la intransigencia de Juan Pablo II al

recordar que la persona humana ya ha sido juzgada en

Cristo, en el acto de la creación y la redención, no despierte

la crítica de todos aquellos que por distintos motivos no

quieren reconocer la autoridad del hombre.
Juan Pablo II, al dar comienzo a la catequesis con la

reflexión sobre la creación del hombre y su resurrección,

defendió el cuerpo de la persona humana, señalando su

sentido, que es el amor que une a dos personas. Esta unión

ya no es una realidad física, sino la unión de la belleza de

los cuerpos y no es objeto de posesión, sino algo destinado

a ser, a ser cada vez más. En esta unión los hombres, al generar

uno al otro, crean el espacio para un nuevo don, que

es la persona humana. El sentido del cuerpo se manifiesta

en su belleza, en la cual se realiza el amor, transformando

en libertad el capricho de la inmanencia del hombre.

En la libertad-amor nacen las amistades, los matrimonios,

las familias, las naciones; a todo eso se refiere Juan

Pablo II cuando habla de sociedad. En cambio, al hablar del

Estado, señala algo que debiera ser expresado y tutelado.

Un Estado que no cumple estos deberes esenciales no es tal,

sino un parásito del hombre. No corresponde a la política

ni a la economía decidir sobre el servicio de la persona a

las personas, sino al servicio de la persona a las personas

decidir sobre la política y la economía. Si la política y la economía

son la base del amor y la libertad, en vez de ocurrir
al revés, la persona, su amistad, su matrimonio, su familia y

su sociedad necesariamente experimentan malos tratos. En

este trastrocamiento tienen su origen todas las injusticias.

Juan Pablo II defiende lo propio de la persona humana,

del matrimonio, de la familia y de la sociedad de la irreflexión

de un capricho muy parecido a la libertad, pero

que nada tiene en común con ella. La libertad del sujeto,

que es su amor fiel, está defendida por la verdad inscrita

en el acto de la creación y la resurrección del hombre.

Precisamente cuando no se lee el “texto” de la naturaleza

de la persona humana, la convivencia entre los hombres

se da desde un comienzo como una lucha, que a menudo

degenera en conflicto bélico. En la guerra se hace evidente

la falta de preocupación por aquello que hace a la persona

tal, de las personas y de las sociedades.

El hombre, convertido en pregunta sobre la trascendencia

del principio y el fin, a través del amor permanece

en el pasado mediante la fe y mediante las esperanza se

radica con el amor en el futuro. Gracias a estas virtudes,

mide las cosas presentes con las lejanas. El presente no

está suspendido del vacío. Fundado en el pasado y el

futuro. En el diálogo en el cual nace el pueblo de Dios,

el hombre domina el presente y hace de él responsablemente

una historia.

La memoria del pasado y el futuro supera la memoria

histórica del hombre. Es memoria de su origen divino y

más aún de su destino divino. El hombre, en su condición

de entidad creada, viviendo proféticamente, recibe la

Palabra-Advenimiento, que es Cristo. Esta le es dada para

que en él se produzca la divinización de su ser creado.

Este diálogo divino-humano se realiza en el diálogo interhumano,

en el cual el hombre acoge al otro hombre y

se da a él. No se puede entender la palabra advenimiento

encarnada sin ser palabra-advenimiento, y viceversa, solo

puede entenderse el propio ser palabra-advenimiento

en la perspectiva de la Encarnación. El advenimiento

de la palabra divina en el advenimiento de las palabras

humanas es lo que llamamos tradición. Las palabras que
no encuentran su lugar en ella están muertas, no nacen.

El advenimiento en el camino hacia la palabra sobrehumana

implica existir desinteresadamente desde el

nacimiento hasta la muerte. Mientras menos desinterés

exista entre los hombres, mayor será el riesgo de que se

entiendan entre ellos y enfoquen el nacimiento, la muerte,

la amistad, el matrimonio, la familia y la sociedad de la

misma manera como se administran los productos planificados

de acuerdo a las reglas del mercado.

El don se realiza cuando es acogido. Así ocurre con el

nacimiento y también con la muerte del hombre. Aquel

que es don espera el amor que lo acoja. Los hombres

regidos por cálculos no comprenden las palabras no calculadas.

Con el amor solo puede hablar el amor. Nadie

puede ser obligado a hacer un don y nadie puede ser obligado

a aceptarlo. Por eso, si el nacimiento y la muerte se

obtienen técnicamente, al no ser actos de libertad y amor,

perjudican radicalmente a la persona. La sociedad que ha

olvidado el principio mismo, solo creará una historia de

la producción de la vida y la muerte, es decir, la historia

de una injusticia radical.

Las meditaciones de Juan Pablo II sobre cuanto ocurre

al hombre en el principio en el acto de la creación, y en el

fin, en el acto de la Resurrección, terminan, de acuerdo a

una sucesión natural, en la meditación sobre la emancipación

del hombre de la injusticia, es decir, en la historia

de su corazón. A esta historia Juan Pablo II le ha dedicado

la tercera parte de su catequesis.

El corazón del hombre es inquieto, por lo cual no puede

ser punto de partida o llegada de su propio trabajo.

En la historia del hombre, la Trascendencia de Dios se

manifiesta como unión incomprensible de verdad y

amor, de Justicia y Misericordia. No cabe duda de que

el imperativo categórico moral imprime una dirección a

esta historia. Esta comienza con el misterio del pecado

que hirió la naturaleza del hombre, pero sin aniquilarla,

de tal modo que puede recordar que en otro momento

era diferente… En ella habla el instinto de autodefensa.
El hombre de inmediato y espontáneamente se defiende.

Al igual que su pensamiento, su esfuerzo ético se expresa

en una diaria metanoia, con la esperanza de encontrar la

salvación en la trascendencia hacia la cual tiende.

Juan Pablo II mira la historia dramática del corazón humano

a través de la historia dramática de Cristo. Mientras

piensa en el hombre, piensa en Cristo y viceversa. Cuando,

en nombre de todos, repite las palabras de Pedro: “Señor, ¿a

quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros

hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,

68), piensa en el hombre como alguien destinado a la divinidad

y en Cristo como alguien “destinado” a la humanidad.

No por casualidad su primera encíclica comienza con estas

palabras: “El Redemptor hominis” es el centro del cosmos

y la historia”. En este centro, la justicia se identifica con la

misericordia y la misericordia con la justicia.

Juan Pablo II piensa en la historia del corazón humano a

través de la gracia, que crece donde hay pecado y donde el

hombre es débil como la madera y el fierro defectuosos…

Sabe lo que es el pecado, porque sabe lo que es la gracia.

Sin considerar la miseria del tiempo, revela al hombre

tareas que este no comprenderá si sigue mirándose a sí

mismo a la luz de su propio pecado. Pienso que los hombres

que son esclavos de la civilización contemporánea

se sienten poco menos que ofendidos por este Papa por

el hecho de que no buscan en la gracia el criterio para

pensar en sí mismos y en la sociedad, sino en el pecado.

Juan Pablo II piensa a la luz de la gracia también en la

vida sociopolítica de la persona humana. Junto con proclamar

que la integración de la persona, y por consiguiente

también la integración de la sociedad, no se realiza en

una doctrina, sino en la persona de Cristo, Juan Pablo II

defiende al hombre y a la sociedad de los totalitarismos

de todo tipo que, en primer lugar con la doctrina y luego

con la policía, obligan a los hombres a aceptar comportamientos

idólatras y mortificantes y por consiguiente

también a expresarse con gestos hipócritas en los cuales

nadie se revela a sí mismo.
La justicia social reina donde hay hombres

justos, es decir, hombres libres hacen todo

lo que hacen motivados por el deseo de algo

trascendente que les permita ser aún más

ellos mismos. La trascendencia de los objetos

en torno a los cuales el hombre se agita no lo

conduce a la libertad. Solo la gracia del amor, al

prometerle una participación en la vida de otra

persona, le otorga el don de lo trascendente a lo

cual aspira. Cada don de estos hombres libres

es signo y presencia del don sobrenatural sin

el cual no hay justicia. Se equivoca aquel que

en la lucha por la libertad elige el criterio de

la libertad. La experiencia enseña que tarde o

temprano se llega a tener únicamente sensibilidad

al frío y al calor.

La política y la economía puestas en práctica

sin recordar la gracia de la verdad y la misericordia,

en el olvido propio de la debilidad y el

pecado del hombre, dejan de generar paz y justicia,

porque no integran a las personas. Solo crean

situaciones en las cuales se disfraza la mentira y

el pecado con un simulacro de verdad y virtud.

En las situaciones de mentira y pecado, el “ars

gobernandi” degenera en “ars dominandi”.

Juan Pablo II, consciente de que el drama

de la historia del corazón del hombre se resuelve en el

encuentro de su debilidad y su pecado con la gracia, recuerda

a ricos y pobres la debilidad humana y la gracia

divina. No defiende a los pobres contra los ricos. Si solo

los defendiera a ellos, debería defender también a los ricos

contra los pobres. Entraría en la dialéctica en la cual el patrón

golpea al sirviente y este no mira al patrón con amor,

sobre todo cuando cae en sus manos. Patrón y sirviente

son caricaturas de la persona humana y su lucha por

conseguir mejores posiciones en la sociedad dialéctica es

solo como una riña, a veces encarnizada, entre muchachos

irreflexivos e irresponsables.
Por este motivo y por ningún otro. Juan Pablo II dijo

decididamente “¡No!” a los teólogos que miran la vida del

hombre y la sociedad en la óptica de sentimientos provocados

por difíciles experiencias políticas y pastorales.

Aun cuando han animado en ellos intenciones sumamente

nobles, cuando esos sentimientos se abandonan a

sí mismos, terminan a merced de la dialéctica sirvientepatrón,

siempre totalitaria.

Utilizando el lenguaje de Norwid, diríamos que Juan

Pablo II “desciende” a las “preguntas humanas” sobre el

hombre en la perspectiva de la pregunta sobre el hombre

que es Cristo. Las “preguntas humanas” en las cuales no

está presente al menos la huella profética de Cristo son

meramente técnica de mayor o menor eficacia para tratar

al propio ser y al de los demás como objetos. Los objetos se

anhelan. El caos del deseo del hombre por parte del hombre,

provocado por el señorío del servilismo de la razón y

la voluntad en nombre del placer y la comodidad, destruye

las amistades, los matrimonios, las familias y la sociedad.

Se suele hablar de la gran estrategia de Juan Pablo II,

de su capacidad para desplazar a los “adversarios”. Hay

mucha verdad en esto y mucho malentendido. El estratego

vence porque ve el caso desde un nivel más alto. El

pensamiento de Juan Pablo II abarca al hombre desde su

principio hasta su fin; por consiguiente, incluyendo la

parte donde Dios siempre nos coge por sorpresa. Dios

llega a nosotros donde menos lo esperamos.

Juan Pablo II no acepta batallas por la persona humana

en el terreno, por así decir, del caos. Él siempre aparta el

campo de batalla a un nivel más alto, donde la realidad

del hombre, desintegrada en fragmentos sin sentido, se

reconstituye en un hermoso paisaje. El último campo de

batalla para el hombre es la Cruz. En ella, Juan Pablo II

busca la reintegración de la persona humana y la sociedad.

Ante esta “magna quaestio” de Dios y del hombre “se descubren

los pensamientos de muchos corazones” (Lc. 2, 35);

por consiguiente, su libertad y su orden, pero también su

deseo y el caos. Así, ante el sufrimiento se manifestaron
por una parte los pensamientos del corazón de Job y por

otra los del corazón de su mujer y sus amigos.

Al decir persona, decimos comunicación de las personas.

En la unión de la belleza de los cuerpos humanos,

que se da con Dios y no con ellos mismos, nace el pueblo

de Dios, de manera que la “magna quaestio” pasa a ser

“magna quaestio” de la sociedad. Las cosas ocurren del

mismo modo en la sociedad humana y en la sociedad de

las personas divinas. Toda persona es amor. Una sociedad

sin personas se convertiría en una mera suma de individuos

en una masa.

El espacio del diálogo interpersonal del amor, al cual

da vida la palabra de Dios, es el espacio de la Iglesia en

el sentido más amplio del término. La Iglesia no propone

opiniones o hipótesis ideológicas o doctrinales; ella solo

es el darse de aquel cuya presencia entre los hombres

constituye una Iglesia, es decir, la amistad divino-humana

en la cual llegamos a ser mejores. La Iglesia muestra a la

persona humana, la persona de Dios. Por eso la Iglesia,

aun cuando existe en este mundo, es distinta al mismo.

A pesar de las graves carencias morales, ella es autoridad

para el mundo y no al revés.

Si la sociedad no puede prescindir de las personas y las

personas no pueden prescindir de la Iglesia, nada, en la

vida de la sociedad, puede sustituir a la Iglesia. No solo el

hombre es camino de la Iglesia, también lo es la sociedad.

Por eso es necesaria la doctrina social de la Iglesia, es decir,

encíclicas como “Centesimus annus”.

La Iglesia —dice Juan Pablo II— no debe crear civilización

ni servir hoy a un sistema y mañana a otro. La Iglesia,

en realidad, no viene de ahí ni a eso se dirige. Adviene en la

especial vigilia del pueblo en la presencia del don de Dios.

La Iglesia, que debe mostrar a la persona humana la

persona de Cristo Dios, no puede evitar el sufrimiento ni

la muerte. Si lo hiciera, dejaría de velar y en el mundo ya

no existiría el acto de adoración con el cual se realiza en

la Iglesia el advenimiento. Los hombres ya no vivirían en

el espíritu y la verdad.
La ausencia del sufrimiento y la muerte no puede sino

ser una tragedia cósmica, tragedia de la persona y el

pueblo. Cristo reprendió con severidad a Pedro cuando

este procuró disuadirlo para que no entrara a Jerusalén,

donde debía sufrir y morir. Lo llamó abiertamente Satán,

porque sentía según los hombres y por consiguiente

contra los hombres.

El pensamiento de Juan Pablo II sobre el hombre es

un pensamiento difícil, porque con Cristo vela sobre la

piedra humana que surge en la vida. Es el pensamiento

que los amigos de Job no logran comprender. Para

salvarlos existe, no obstante, la oración, con la cual Job

tomó conciencia de sí mismo y actuó en armonía con

su propia naturaleza; confió en Dios. “Ningún hombre

es una isla”.
POR STANISLAW GRYGIEL

Humanitas 74

 

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