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Solo se puede llamar fidelidad una coherencia que dura toda la vida.

Muchos especuladores de la palabra –cada día hay más- nos invitan a estar alegres a ser caritativos, a proponernos una meta y lanzar nuestro corazón en esa dirección. Pienso que para hacer cualquiera de estas sugerencias tiene que haber una fuerza especial que me convenza para actuar contundentemente.

Yo no puedo estar alegre porque me lo diga alguien. Debo identificar la causa por la cual me situare en un estado de alegría natural y verdadera. Para lograrlo deberé tener una disposición clara y una fe sin límites, una preparación adecuada y entonces mi espíritu se verá salpicado de esa alegría que nadie podrá arrebatarme.

Si no poseo una solida preparación espiritual, no podre alegrarme de la llegada del niño Dios, el próximo día 25 de diciembre. Si yo tengo una vocación, un conocimiento y una disposición a identificarme con el misterio de la Fe, seré feliz durante estos días de adviento, me parecerá poco todo lo que hago por mis familiares y amigos, inclusive por personas que no conozco. Yo sé que en estos días de especial esperanza, debo abrir mi corazón y llenarlo de amor. Dándome e intentando servir, lograre ese estado de fluidez que me provoca la estrella de Belén y llegar en plenitud al acontecimiento más grande que jamás se pueda producir, la venida de nuestro Señor Jesucristo, engendrado –por obra del Espíritu Santo- en el vientre de María Santísima.

No se puede amar al que no se le conoce. Hay tantas vías para conocer a Jesús que no se pueden relatar. Por descontado la Biblia, no obstante, me gusta acudir a nuestros santos, beatos y mártires que, con su ejemplaridad nos sitúan a una mínima distancia de la realidad salvífica. Imposible será negar su existencia y sus obras.

La buena disposición para ver un espectáculo, una ópera, es fundamental para que cause un efecto especial en nosotros. También en la confesión, la eucaristía y la comunión, son momentos solemnes en los que deberemos poner toda nuestra fidelidad.

San Juan Pablo II, decía: Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente a la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y solo se puede llamar fidelidad una coherencia que dura toda la vida.

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