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Necesitamos La Paz verdadera

Estamos pagando muy caro no tener un “Príncipe de la Paz”, entre nosotros. Probablemente si midiésemos el número de conflictos bélicos abiertos en este momento, nos llevaríamos un inmenso susto. Algunos de estos conflictos duran y duran y nos se terminan nunca. Son los menos peligrosos. Otros aparecen y se eliminan por si solos dejando las heridas abiertas lo que no deja de ser un peligro latente que en cualquier momento pueden explotar. Los menos deseables son los que aparecen por sorpresa y causan dolor y centenares de damnificados entre muertos y heridos. Son los más peligrosos, difíciles de parar porque no hay interlocutores claros para ejercer la vía diplomática en busca de una paz duradera.

Algo debemos haber hecho mal para haber conseguido un mapa tan desolador  por el que los amantes de la paz nos vemos frustrados y desengañados. Tampoco los gobiernos se muestran muy sólidos y sus mensajes no son esperanzadores ya que presentan una indeseada inclinación a las soluciones militares.

San Juan Pablo II entendió muy bien lo de la paz y se esforzó desde, el primer día de su mandato hasta el último, en crear una atmosfera proclive para conseguir la paz. El comunismo que tanto le persiguió en su país de origen, era su principal preocupación. No dudo en formar un frente común con los EEUU (Ronal Reagan) Reino Unido (Margaret Tatcher) Y el mismo (Vaticano) La solución no se hizo esperar y el entonces Pontífice, Juan Pablo II, se convirtió en el “Príncipe de la Paz”  en la persona clave de la caída del comunismo. Otras muchas intervenciones suyas habían solucionado otros conflictos, tal vez, de menor envergadura. Pero ahí quedan sus huellas de gran pacificador.

Dice Fernández Carvajal: se pierde la paz por el pecado, y por la soberbia y la falta de sinceridad con uno mismo y con Dios. También se pierde la paz por la impaciencia cuando no se sabe ver la mano de Dios providente en las dificultades y contrariedades.

Cuando solamente se piensa en lo que sucede en la tierra sin prestar atención a lo que representa nuestro destino final, surge con enorme fuerza la lacra de todas las lacras, la corrupción. Con ella, todo vale, todo es lícito y salvase el más listo, caiga quien caiga. Surgen las mafias que comercian ilícitamente con todo lo que se ponga por delante, personas, armas, drogas, medicamentos, alimentos, etc. Todo es susceptible de alterar su curso normal  para beneficio de unos pocos y perjuicio para muchos. Esa es la raíz de la guerra y el germen de la inestabilidad.

El problema es tan grave que no veo solución humana para corregir esta plaga. La falta de sensibilidad de los que provocan esta barbarie solo se puede controlar con la oración colectiva de millones de católicos juntamente con nuestro Pontífice, al frente de esta iniciativa.

Animémonos a construir entre todos, este poderos andamio de la oración y, que Dios nuestro Señor haga el resto. No olvidemos a nuestra Madre en la celebración de la festividad de la Inmaculada pidiéndole con nuestras oraciones, la PAZ en el mundo.

 

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