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en 200 palabras.

Muchas veces observo a un mendigo al que no le dan ninguna limosna por qué no sabe pedirla. Seguro que muchos católicos necesitamos que Dios nos ayude y no  logramos que nuestras peticiones sean escuchadas. Cuantas veces oímos a nuestros amigos, parientes, decir: a mí, Dios nunca me da lo que le pido. No se dan cuenta que Dios no da lo que pides sino lo que necesitas. También es muy importante, formular adecuadamente la petición. Para ello recordemos una vez más la oración del padre nuestro, “hágase tu voluntad y no la mía”. Hagámosle al Señor peticiones coherentes, definamos muy bien aquello que realmente necesitamos y al final, añadir: “hágase tu voluntad y no la mía”.

Debemos ser generosos en nuestras peticiones descartando siempre el egoísmo que define nuestra necesidad. Estoy seguro que Dios atiende más fácilmente las peticiones que benefician a un número mayor de personas que solo la nuestra.

A mí me da muy buen resultado pedirle una necesidad y ponerla en sus manos. Siempre me corresponde con una solución, que ni yo mismo había podido imaginar y, por supuesto, mucho más beneficiosa. Nos equivocamos cuando pedimos algo que consideramos como única solución.

Tal vez el mendigo necesita otra cosa que una limosna…

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